Me contó que su mamá estaba bien, la tenían estable y que incluso me extrañaba y quería verme.
Pensé que, cuando pasara la cirugía del día 20, iría a visitarla.
Y, hablando de eso, casi me olvido de alguien: Camila.
Estos días ha estado extrañamente tranquila, demasiado callada.
Conociéndola, y sabiendo que yo no he podido ver a Mateo, seguro que ya habría buscado la manera de pasearse frente a él, tomarse algunas fotos comprometedoras y mandármelas para provocarme o presumir.
Pero no ha hecho absolutamente nada, lo cual me parecía rarísimo.
No creo que haya cambiado o que de repente se haya vuelto una buena persona.
La gente no cambia así de fácil, y menos alguien tan mala como ella.
Por eso, que ahora no haga nada, en vez de tranquilizarme, me pone más nerviosa.
Por suerte, el tiempo se fue volando y, cuando me di cuenta, ya era 19.
Si la cirugía de mañana salía bien, ya no tendría de qué preocuparme.
Esa noche, Carlos no podía dormir y caminaba de un lado a otro en la sala.
Lo miré, intrigada:
—¿Qué te pasa?
—Aurorita… —se apoyó en la ventana, encendió un cigarrillo, y me preguntó— ¿Tú crees que la cirugía de mamá salga bien?
—¿Por qué lo preguntas?
—No sé —contestó, inquieto, jalándose el cuello de la camisa— Siento el corazón acelerado, como si fuera a pasar algo malo.
—¡No digas eso! además Mateo habló con especialistas en este tipo de cirugías, y mientras el riñón sea compatible, las probabilidades de éxito son muy altas. Así que no tengas miedo. Mamá va a estar bien.
—¡Sí! Eso espero.
Abrió la ventana y el humo del cigarrillo se mezcló con el viento en la habitación.
Y junto con el viento, escuché su voz susurrarme:
—Aurorita, ¿qué tan malo crees que es que alguien le mienta a su hermana?

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