—¿Qué significa “bueno”? ¡Dios mío! ¿No entendiste lo que dije? Te estoy diciendo que tienes hijos, ¡hijos! ¡Tienes hijos! ¿No te sorprende? ¿No te emociona?
—¿Cómo que otra vez “bueno”? ¿De verdad no te emocionas ni un poco? ¿O es que no me crees? ¡Yo lo vi con mis propios ojos, vi a tus hijos! Son igualitos a ti, sobre todo la niña, es como una versión en miniatura tuya.
—¡Oye! ¿Por qué me respondes así?
—¡No cuelgues! ¡Aún no termino! No me cuelgues… Oye, no es posible que te quedes tan tranquilo después de saber eso. ¿Será que ya sabías que tenías hijos? ¡Ah! Sí, claro… por eso ese día te quedaste mirando raro a los hijos de otra gente. ¡Resulta que ya lo sabías! No puede ser, no me contaste nada de algo tan importante, ¡qué mala onda!
Mientras escuchaba los gritos de Alan, mi corazón temblaba.
¿Mateo ya sabía desde antes de la existencia de Embi y Luki?
¿Y aun así no vino a quitármelos?
Viéndolo así, si de verdad no les daba importancia, tampoco intentaría arrebatármelos. Entonces yo ya no tenía por qué preocuparme, ni tampoco esconder a mis niños.
—¡Ahhh! —Alan volvió a gritar.
—¿Cómo puede ser que hasta tú tengas hijos, y encima tan adorables? No, no puede ser. ¿Cuándo será mi turno? Quiero ser el padrino de tus hijos, no me importa, voy a ser su padrino.
—Eso lo dijiste tú, ¿eh? ¡No te retractes! Ahora, hay algo que no entiendo: si ya sabes de la existencia de esos niños, ¿por qué no los tratas de criar? ¿Será que no los quieres?
Yo apreté los labios, escuchando en silencio la llamada de Alan.
Lástima que no había puesto el altavoz.
Al poco rato terminaron la llamada, y enseguida lo escuché enojarse:
—¡Maldición! ¿Me colgaste? Listo, ya verás, luego te mando fotos de esos dos niños, a ver si puedes seguir haciéndote el desinteresado.
La voz de Alan parecía alejarse poco a poco.
Eché un vistazo hacia atrás: allí estaba el baño.
Apenas se marchó, Valerie corrió hacia mí, desesperada y al borde del llanto:

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