Cuando los dos niños despertaron, él salió corriendo.
Luki se frotó los ojos, miró por la habitación y preguntó:
—¿Padrino?
Nadie le contestó, aunque abajo se escuchaba el ruido de un carro. Enseguida se bajó de la cama, corrió la cortina y miró hacia afuera.
Embi, frotándose los ojos, se levantó y le preguntó:
—Hermano, ¿ya llegó papá?
—Parece que sí.
Luki, al decir eso, de repente recordó algo, regresó corriendo, tomó su mochila de osito y sacó de adentro la tablet que su mamá le había dado.
Miró por toda la habitación, encendió la tablet y la escondió en un rincón discreto.
Abajo, Mateo cerró los ojos y descansó un momento recostado en el asiento, antes de abrir la puerta y bajarse del carro.
Apenas se bajó, le lanzaron un puñetazo.
—Por fin volviste.
Mateo se hizo a un lado y lo esquivó.
Se apoyó contra el carro y, viendo a Alan furioso, preguntó con calma:
—¿Qué sucede?
—¿Todavía me lo preguntas? ¿Sabes cuánto tiempo llevo esperándote aquí? ¿Por qué no contestas mis mensajes? ¿Por qué no respondes mis llamadas? ¡Si no quieres a tus dos hijos, me los llevo!
¡Qué coraje!
Alan estaba rojo de enojo.
Mateo empezó a temblar.
Guardó silencio unos segundos antes de hablar:
—¿De verdad trajiste a los niños?
—¿Pues qué crees? Me pasé todo el día cuidándolos. Como no regresabas, ya piensan que los odias.
—¡Imposible!
La voz de Mateo se tensó, reprimiendo tantas emociones que no se pueden describir.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)