Esas fotos las tenía escondidas y hacía mucho que no las veía.
Nunca imaginó que hoy dos pequeños las encontrarían.
Todas esas fotos eran de esos tres años en que, a escondidas, le tomó fotos a Aurora.
En esa época, aunque ella siempre se burlaba de él y lo humillaba, también eran sus pocos días felices.
Al menos en ese entonces podían estar juntos todos los días.
Cuando ella se dormía o se emborrachaba, podía mirarla todo lo que quisiera y acompañarla.
En esos días, aunque ella lo rechazaba, no había disputas irreconciliables ni rencores imposibles de superar.
Por eso él siempre tuvo esperanza, seguro de que, si seguía insistiendo, tal vez algún día ella podría llegar a quererlo.
Muy diferente a ahora, que ya no había ninguna esperanza.
Mientras sus dedos largos rozaban la cara inconsciente de ella, el dolor que guardaba en lo más profundo de su corazón apareció de repente.
El timbre del celular interrumpió la soledad y el dolor de ese momento.
Escuchó la voz alegre de Alan:
—Mateo, ¿y los dos niños? ¿Ya los calmaste?
Mateo cerró en silencio el álbum de fotos y lo guardó en el cajón más profundo del armario.
Luego tomó el celular y dijo con seriedad:
—Ya se durmieron.
Claro que no fue él quien los durmió.
Los dos pequeños estaban muy molestos con él, no lo dejaban acercarse, lo miraban con enojo y desconfianza.
Al final no le quedó de otra que llamar a la niñera.
En menos de una hora, ella logró que se durmieran.
Pensar en eso le daba una mezcla de frustración y tristeza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)