Justo iba a negarme, cuando Mateo tomó de la mano a los dos pequeños y le dijo a Camila con voz indiferente:
—No hace falta. Yo, como su padre, debo estar cerca de ellos.
Sin mirarla siquiera, se llevó a Luki y Embi hacia la montaña rusa de niños.
Lo vi de espaldas y en mi interior hubo una mezcla de sorpresa y ternura.
No esperaba que Mateo se preocupara tanto por los niños. Después de lo que había visto en la cámara esa vez, yo pensaba que…
—Tranquila, Camila, no se enoje —dijo uno de los suyos.
—Seguramente alguien habló mal de usted delante de él y por eso reaccionó así. Al fin y al cabo, en Ruitalia todos saben que Mateo ama a su hermanita.
Cuando escuché “hermanita”, me reí.
Así que Camila, viendo que con Mateo no tenía futuro, había optado por quedarse con Carlos y, al mismo tiempo, proclamarse “hermana” de Mateo.
De ese modo, se aseguraba de tener a mi hermano completamente a sus pies y no perder el apoyo de Mateo, además de ocultar su verdadera motivación y su implicación en la muerte de la mamá de él.
Una jugada astuta, sin duda.
Pero por más inteligente que fuera, la verdad siempre sale a la luz.
Le sonreí, molesta:
—No cantes victoria tan pronto. Los que obran mal tarde o temprano lo pagan; si no ha llegado el momento, es porque aún no es la hora.
Camila respondió con su falsa cara de santa:
—Yo también espero con ansias ver el día en que esos descarados reciban su castigo. Pero dime, Aurorita, ¿crees que ese día llegará?
Se acercó a mí y, en voz baja para que nadie más la oyera, me susurró:
—Lo dudo. Para cuando mueras, no lo habrás visto. Ah, casi olvido algo: la mamá de Mateo siempre estuvo ilusionada con tu embarazo. ¿Qué tal si un día mando a tus dos hijos con ella al más allá?
Fue clara: quería que Luki y Embi fueran sus siguientes víctimas.

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