Javier me pasó la caja de comida mientras decía eso.
Dudé un par de segundos, pero al final la agarré:
—…Gracias.
Me di la vuelta y la dejé sobre la mesa de la sala. Cuando bajé la mirada, vi en la pantalla del video la cara seria de Mateo.
Él sonrió con sarcasmo:
—Ya decía yo por qué no quisiste mudarte conmigo y los niños. Así que esta es tu definición de “irte de la casa de Javier”.
—No es así, yo…
Ni me dejó terminar; colgó de golpe la videollamada.
Me quedé mirando la pantalla apagada del celular, agotada.
Javier se acercó, apenado:
—Perdón, por mi culpa volvió a malinterpretar las cosas. ¿Quieres que le explique?
—No —le dije tranquila—, es tarde, deberías descansar.
Como sé lo que Mateo piensa de él, cualquier explicación solo lo iba a empeorar.
Javier me sostuvo la mirada unos segundos, luego sonrió suavemente:
—Está bien, entonces me voy. Descansa tú también.
—Bueno.
Lo acompañé a la puerta y cuando se fue, me recargué en la madera, suspirando cansada.
Saqué el celular, abrí nuestra conversación y le mandé un mensaje:
“Javier solo me ayudó a traer el equipaje.“
Lo dejé sobre el sofá, convencida de que no respondería; cada vez que se llenaba de celos por Javier, se pasaba días sin hablarme.
Pero, contra todo pronóstico, a los pocos segundos contestó.
Aunque su respuesta nada tenía que ver con lo que le había escrito:
“Mañana voy a llevar a Luki y Embi a inscribirlos en el kínder que queda cerca.“
Abrí los ojos, sorprendida.
¿De verdad pensaba que los niños iban a vivir con él de forma permanente?
Le contesté de inmediato:
“No hace falta, yo los voy a inscribir en el de aquí.“

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