Apenas crucé la puerta del salón privado, vi a Mateo, sentado en la cabecera de la mesa.
Me quedé con los ojos bien abiertos.
¿Quién me explica por qué Mateo también estaba ahí?
Valerie me miró y, tirando de mi brazo, susurró:
—Parece que Alan trabaja para Mateo. Así que, si Alan es el inversionista principal, en realidad se puede decir que la inversión mayoritaria es de la empresa de Mateo.
¡Uf!
Tenía sentido.
Pero en reuniones como esta, ¿no bastaba con que viniera Alan como representante? ¿Por qué tuvo que venir él mismo?
Mientras pensaba, miré inconscientemente hacia Mateo.
Y me topé directamente con su mirada penetrante.
Para colmo, me lanzó una sonrisa burlona, que yo no entendí qué quería decir.
—Entren de una vez, ¿qué hacen en la puerta?, ¿quieren bloquear el paso?
Escuché una voz sarcástica.
Al girar la cabeza, vi a Alan, furioso, mirando a Valerie.
Y la verdad, cuando hacía eso, se parecía bastante a Mateo. No por nada eran amigos de toda la vida.
Con una sonrisa cordial, Javier habló:
—Señor Ferrucho, no tiene caso enojarse tanto, con las chicas hay que ser más amable.
—¡Ja! —Alan se burló.
—Tú eres el sueño de miles de muchachas: guapo, elegante, siempre tan refinado y con labia. Con las mujeres, claro que ninguno de nosotros puede competir contigo.
¡Ay, por favor! Ese tono sarcástico era insoportable.
¿De dónde sacó Alan ese tonito? ¿Será que lo aprendió de Mateo?
Lo malo siempre se aprende rápido...
Mientras pensaba en eso, Mateo habló con calma:
—Si siguen bloqueando la entrada, ¿cómo esperan que los demás pasen?
Además de Mateo, había varios inversionistas minoritarios.
Ellos asintieron de inmediato:
—Sí, sí, ya que todos estamos aquí, mejor tomemos asiento.
Alan suspiró, rozó el hombro de Valerie al pasar y fue a sentarse junto a Mateo.

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