Carlos se quedó sin palabras.
—Y dices que no quieres que los demás se rían de ti. Pero aquí solo estamos nosotros. La verdad me gustaría ver quién se atreve a reírse de mí —dijo Alan, mirando fijamente a todos en la mesa.
Los inversionistas minoritarios bajaron la cabeza de inmediato.
Samuel siguió comiendo tranquilamente.
Camila se cubrió los labios con la mano y fingió toser.
Valerie puso los ojos en blanco, fastidiada.
Mateo se recostó en la silla, bebiendo distraídamente.
Yo no podía más.
En serio, Alan podía tener uno de sus arranques en cualquier momento o lugar.
Y encima, Mateo solo lo dejaba hacer lo que se le diera la gana.
Irritado, Carlos lo miró, y prefirió no responderle.
Pero eso solo provocó más a Alan.
Era como si hubiera pasado toda la noche aguantándose la rabia, y justo Carlos se hubiera puesto frente a su fusil: el disparo fue inevitable.
—¿Y ahora qué? ¿Por qué no hablas? Anda, dime, ¿quién va a reírse de mí? —le gritó Alan a Carlos.
Hastiado, Mateo suspiró, a punto de perder la paciencia, cuando de pronto Valerie se levantó y le gritó a Alan:
—¡Yo! ¡Yo soy la que va a reírse de ti! ¿Esa es la respuesta que querías?
Luego rodeó la mesa y lo tomó del brazo.
—¡Ven conmigo afuera!
Al principio Alan no quiso y trató de soltarse.
Pero Valerie, furiosa, le dio un par de pellizcos fuertes en el brazo. Él no tuvo más remedio que seguirla, aunque con una actitud bastante ofendida.
Yo me cubrí la frente, sin ganas de seguir viendo ese circo.
Menos mal que hoy no se iban a firmar contratos, porque la actitud de Alan ya habría espantado a cualquier socio.
Cuando Valerie salió, vi de inmediato a Weston mirando hacia la puerta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)