En aquel entonces, aunque Mateo obedecía y se apartaba, ahora que lo recuerdo, en sus ojos oscuros siempre había un rastro de irritación y terquedad.
Al final no aguanté que me mirara así y lo dejé sentarse a la mesa, aunque tanto mi hermano como yo no le permitimos tocar la comida. Se conformó con comer arroz blanco durante muchos días.
Pensándolo ahora, Mateo era tan fácil de intimidar que hasta me da remordimiento.
Recuerdo otra ocasión: papá y mamá habían salido a un compromiso y Carlos también se había ido a beber con sus amigos.
¿Y Mateo? Solo Dios sabía dónde andaba metido.
Esa noche yo estaba sola en el sofá doblada de dolor por los cólicos.
Llamé a mi hermano, pero no contestó.
Llamé a mamá y me dijo que no podía volver por el momento que tomara un poco de agua caliente.
Corté la llamada y me acurruqué, llorando.
De la nada Mateo apareció.
Se paró frente al sofá, mirándome sin emoción.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
Como ya de por sí lo detestaba y en ese momento estaba sufriendo lo único que hice fue gritarle que se largara.
No se movió. Me observó por un largo rato hasta que al fin se dio la vuelta y se fue.
Pensé que se había ido por mis gritos, pero al rato volvió y me dio un vaso de agua caliente con azúcar morena.
Me quedé impactada.
Con la misma expresión seria, dijo:
—Busqué información. Beber agua con azúcar morena alivia los cólicos.
Cuando lo escuché me sentí avergonzada.
Pero por el vaso de agua contuve las ganas de insultarlo.
La tomé y él no dijo más simplemente se fue.
La verdad es que solo con verlo me molestaba. Aun así bebí el agua y el dolor empezó a calmarse.
Subí a cambiarme la ropa manchada, pero descubrí que no me quedaban toallas sanitarias.
Estaba preocupada en el baño cuando, de la nada, él volvió a aparecer, parado en la puerta, diciendo:
—Compré tanto de día como de noche están en la entrada.

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