En ese momento, el deseo en su cara se desvaneció y fue reemplazado por pura ternura.
Acarició la cabecita de Luki, miró con atención el modelo que había armado y hasta lo halagó con sinceridad.
La verdad, esa escena era conmovedora.
Supongo que a los dos niños también les gustaba ese ambiente.
Sin embargo, con ese malentendido de por medio, para mí esa ternura y felicidad no eran más que algo pasajero.
Mañana me mudaré a la casa de Carlos. Esta vez, debo descubrir el secreto de Camila y destapar todos sus crímenes.
Mateo acompañó un rato a los niños y luego subió al segundo piso.
Lo miré durante unos segundos y, al final, fui en silencio a la cocina.
Bah, mejor le preparo algo sencillo; después de todo, él tiene problemas de estómago, y si se enferma será un lío.
Doña Godines llevó a los niños a bañarse y a dormir a la hora de siempre.
Cuando terminé de hacer unos huevos cocidos, la casa estaba muy silenciosa.
Como Mateo no estaba en la habitación, llevé el plato de comida hasta el estudio.
Toqué la puerta, y de adentro salió una voz seca y distante:
—Entra.
Miré el plato en mis manos y abrí la puerta.
Mateo estaba hablando por teléfono.
De pie junto a la ventana, con las mangas arremangadas que dejaban ver sus brazos firmes, su cintura delgada y su figura erguida… ¿por qué se veía tan atractivo y provocador?
De inmediato aparté la mirada y, en silencio, puse el plato de comida sobre el escritorio.
No sé qué me pasa, pero después de cuatro años sin verlo, cada vez que miro su cuerpo tengo esos pensamientos.
Y pensar que antes era él el que no podía verme sin querer acostarse conmigo.
Ahora soy yo quien no puede verlo sin querer acostarse con él.
Cuanto más lo pienso, más me sonrojo. Sin atreverme a mirarlo, dejé los huevos y me volteé para salir.
De repente, escuché un “¡Detente!”, que me hizo frenar en seco.
Ya había terminado la llamada. Primero miró la comida sobre la mesa y luego me preguntó lentamente:
—¿Los cocinaste tú?
Asentí.
Él dijo con sarcasmo:
—Con razón.
Lo miré confundida:
—¿Con razón qué?

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