Para ser exactos, lo que escuchaba era la voz de Carlos intentando calmar a Camila.
Hablaba en voz baja, suplicando, mientras que Camila respondía, seca, siempre con ese aire de superioridad.
Al poco tiempo empezaron a discutir de nuevo.
Me incorporé de golpe en la cama, apoyándome en el colchón, atenta a cada palabra.
Esperaba que mencionaran lo de hace cuatro años, que esta vez pudiera obtener alguna prueba.
Pero después de un largo rato de discusión, ninguno lo mencionó.
Me molesté mucho.
¿Acaso Camila podía ser tan astuta, que ni siquiera en su propio dormitorio bajaba la guardia?
Y Carlos, por su parte, estaba tan arrastrado que incluso peleando seguía obedeciéndole, sin atreverse a hablar del pasado.
—¿Es que de verdad no me amas? —preguntó de la nada Carlos en voz baja, consciente de que se estaba humillando a sí mismo.
Hubo una pausa, y luego Camila respondió, llorando:
—Yo te lo di todo, ¿cómo podría no amarte? Carlos, ¿por qué siempre dudas de mí? ¿Qué tengo que hacer para que creas que solo te amo a ti?
Cuando la escuché, sonreí con sarcasmo.
Así era como Camila lo mantenía embobado, сon esas palabras y lágrimas falsas.
Poco después, sus sollozos eran lo único que se escuchaba por mis auriculares.
Debía admitirlo: si no conociera su verdadera cara, yo misma podría creer que era una mujer frágil e inocente.
Después de un silencio, Carlos le preguntó:
—Si dices que me amas, ¿por qué después de cuatro años sigues sin querer casarte conmigo?
—No es que no quiera —respondió ella con voz suave—. Pero sabes bien que estos cuatro años fueron claves para mi vida profesional. Además, ya habíamos quedado en que dentro de dos años nos casaríamos.
Otra pausa.
Quizá temiendo que él no quedara tranquilo, Camila añadió:
—Si de verdad dudas de nuestro amor… entonces casémonos.
Solo podía escuchar las voces, no ver sus caras, pero imaginaba la reacción de Carlos.
Después de unos segundos de silencio, su voz sonó incrédula, tensa de emoción:
—¿Lo dices… en serio?
—Sí. Cuando termine de rodar esta película, nos casamos.

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