Solo que los pasos se detuvieron justo en la puerta.
De inmediato, Mateo gritó:
—¿No te dije que no subieras? ¡Baja!
Me quedé paralizada.
¿Con quién estaba hablando? ¿Había otra persona afuera?
Mientras lo pensaba, tomé una bata y me la puse.
En cuanto puse un pie en el suelo, escuché la voz fingida de Camila:
—Mateo, no seas así, yo solo quería subir a ver a Aurora. Ella estaba viviendo bien en nuestra casa, pero resulta que anoche no regresó, la llamamos y no contestaba. Su hermano y yo estábamos muy preocupados.
Sonreí con sarcasmo.
Esta mujer siempre fingiendo, siempre actuando, a cada segundo.
¿Preocupada por mí? ¿Cómo se atreve a decirlo en voz alta?
Aunque claro, hoy no vino a confirmar si yo estaba aquí, sino por mis dos niños.
Froté mis piernas doloridas y me levanté. Fue entonces cuando noté que llevaba puesta la bata de Mateo.
¡Tan grande y tan larga!
Apreté el lazo de la bata y, con el cuerpo todavía débil, caminé hacia la puerta.
Ese hombre de verdad fue demasiado apasionado, casi me dejaba hecha pedazos.
Afuera, Camila seguía llorando con su voz de lástima:
—Mateo, la verdad es que cuando Aurora me apuñaló esas dos veces y me dejó sin poder tener hijos para siempre, yo sí le guardé resentimiento. Pero, ¿qué podía hacer? Ella es la hermana de Carlos, y además es la mujer que amas. Por ustedes, yo decidí perdonarla y hacer un esfuerzo por verla como a una hermana.
Puaj.
Al escuchar eso, casi vomito.
Ella siguió con su falso discurso:
—Yo también sé que siempre la amaste, tanto que hasta eres capaz de no culparla por la muerte de tu madre hace cuatro años. De verdad lo entiendo, no te voy a reprochar nada. Creo que tu madre, en el cielo, tampoco te culparía. Con tal de que seas feliz, todos nos sentiremos felices por ti...

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