—Señor Bernard, aquí está la documentación de la reunión, ya la organicé, revísela —dijo Asher, y en cuanto dejó los papeles en el escritorio, prácticamente salió corriendo.
Me volteé hacia Mateo con una sonrisa:
—Mira lo que logras, hasta tu asistente huye espantado.
Con toda seriedad, él respondió:
—Por eso tienes que venir más seguido a mi empresa, y mimarme aquí mismo. Si él se acostumbra a vernos así, ya no le parecerá raro.
¡Qué clase de lógica era esa!
Pero la aparición de Asher me hizo recordar algo.
—Oye... ¿puedes prestármelo un tiempo?
A Mateo le molestó la idea.
—¿Prestarte a él? ¿Y para qué? No tiene abdominales, ¿eh?
¡Pff!
¿En qué estaba pensando este hombre? ¿Acaso creía que quería llevármelo para observarlo?
De verdad, su manera de razonar era incomprensible.
Le respondí con fastidio fingido:
—¿Para qué quiero abdominales? Él es tan puro y simpático, podría traerlo solo para jugar, molestarlo un poco... ¿no sería divertido?
—¡Aurora! —me interrumpió Mateo, furioso, los ojos rojos.
Yo no aguanté la risa y lo abracé del cuello:
—Ya, ya, no te enfades, era broma.
Suspiró con fastidio y volteó la cara, indignado.
—Entonces dime, ¿para qué lo quieres?
—Para que me ayude a reunir pruebas.
Él se quedó de una pieza, mirándome fijo.
Yo dejé de bromear y le hablé con toda seriedad:
—Ya te lo dije, quiero demostrar mi inocencia. Pero no tengo a nadie confiable y con capacidad para ayudarme. Asher es leal a ti y es competente. Quiero que me lo prestes un tiempo, porque hay muchas cosas en las que no puedo involucrarme directamente.
Mateo guardó silencio, estudiándome con esa mirada profunda que parecía leerme el alma.
Al cabo de un rato, dijo despacio:
—Podrías contarme tu plan. Yo también puedo...

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