—¿Está bien? —seguía preguntándome, en voz baja, con un tono suave y seductor.
Sentía que todo mi cuerpo ardía.
Yo murmuré:
—No.
Sin embargo, Mateo no se rindió. Su voz se volvió aun más baja, cálida, envolvente.
Él me susurraba una y otra vez.
Su tono ronco parecía tener un poder hipnótico, y me fue llevando poco a poco a desabrocharle el cinturón y luego...
—Muy bien, Aurora... sí, así... —su voz sonaba cargada de deseo.
Yo veía la habitación borrosa.
Yo, confundida, casi no sabía lo que hacía, pero sin duda lo complacía.
En esos momentos, sus ojos reflejaban una entrega total.
Después me cargó en brazos y me llevó al piso superior.
La primera mitad de la noche estuvo llena de pasión. Parecía incansable, buscándome una y otra vez.
Cuando por fin se sintió satisfecho, me abrazó con fuerza, diciendo que me amaba, que desearía fundirme en su cuerpo.
De la nada recordé esas palabras en la pared de los recuerdos.
Mi corazón se ablandó, con un dejo de dolor y ternura.
Lo abracé fuerte y le dije que yo también lo amaba, que nunca más debíamos separarnos.
Pero cuando me quedé dormida, tuve una pesadilla.
Soñé con Mateo, con los ojos enrojecidos, gritándome que me odiaba.
Soñé que me decía que en esta vida y en la siguiente no quería volver a encontrarme.
En el sueño, me gritaba que se arrepentía de haberme conocido, de haberme amado, porque eso había traído demasiado dolor.
Yo lo perseguía desesperada, pero siempre había algo entre nosotros, una barrera invisible que me impedía alcanzarlo.
Lo veía alejarse más y más, hasta desaparecer.

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