POV Oliver Chevalier
Habían pasado tres días desde que ese maldito papel de divorcio estaba inmóvil en mi escritorio.
Lo observaba como un objeto acido capaz de debilitarme.
Sin llamadas.
Sin replicas.
La ausencia de preguntarme si habia visto el divorcio por parde de ella me estaba consumiendo.
Con la rabia ardiéndome en el pecho, lancé el vaso de whisky contra la puerta. El impacto fue seco. Violento. El cristal estalló en mil pedazos, asi… como mi paciencia. Había estado bebiendo sin parar durante esos días, intentando mermar la tormenta en mi cabeza.
No funcionaba.
Segundos después, como si nada hubiera pasado, alguien del personal de limpieza entró. Sin preguntar solo recogió los restos con una eficiencia casi milimétrica que parecía robotizada.
Esta furia me estaba consumiendo lentamente. Se estaba descontrolando. Con solo tres días en este estado me llevó a despedir, sin justificación alguna, a más de veinte empleados.
Mi mirada bajó al contrato, observando su firma. Elegante. Firme. No titubeó ni un solo segundo. Era una señal de que quería irse… que podría vivir sin mí.
Me molestaba.
No podía tener sentido. Katherine no podía ser de las mujeres que abandonaran. Ella se quedaba donde la ponías. Era fiel a sus principios, según me había dicho mi asistente en Nueva York, encargado de cuidarla… entonces,
¿Por qué?
—Ella me llamará —reí de manera ahogada—. Sí, todo esto es solo para llamar mi atención. Qué manera tan astuta, Katherine. Lo has hecho muy bien. Mira, ya no he podido dejar de pensar en ti ni un maldito segundo. Ahora firmare este contrato. Le exigiré que se mude y se dará cuenta de que el mundo es cruel sin mi protección. Me necesitará. Me rogará volver a mí y todo volverá a ser como siempre. Ella, a mi lado.
Volví a lanzar una carcajada irónica para calmar mis nervios de estar a punto de perder a la unica mujer que me afectaba.
Mi mandíbula se tensó.
—Con esto, ella se dará cuenta de que me necesita. Que pensará en mí, así como yo pienso en ella —susurré apenas.
Me juraba que iba a romperse en la llamada, suplicándome que fuera a verla.
¿No?
Cerré los ojos por un instante, llevando mis dedos al puente de mi nariz. Me encontraba incómodo y exasperado al mismo tiempo. Una incomodidad imposible de comprender.
Ella volveria.
Había repetido esas frases como un mantra hasta que se tatuaron en mi piel. Me obligué a autosugestionarme, repitiéndome una y otra vez que ella no se alejaria por mi maldito ego…
¿Por qué?
Por mi abuelo.
Odiaba que, por él y su absurda imposición, estuviera a punto de ser retirado de mi puesto en la compañía familiar. Todo por lo que luché se me iba a arrebatar. Su condición fue visceral: casarme, o usaría su porcentaje para retirarme de todo. Me lanzarían como un perro a la basura. Según su concepto, yo debía ser el digno representante Chevalier.
Un matrimonio arreglado, como el que tuvo con mi abuela. Ni siquiera me permitió escoger, porque según él yo no lo haría bien. Me frustraba el hecho de que estuve obligado más que ella; no lo aceptaría. Ella era una sensación de que si la aceptaba, daría consentimiento a que rigiera todo lo que tenía.
Se suponía que nunca podría amar a alguien que me escogieron… y ahí estaba Katherine siendo la dueña de mis pensamientos
Apretaba el lapicero con fuerza. La sensación incómoda golpeaba mi pecho. Los latidos de mi corazón se aceleraron. Una irritación, ira e incomodidad me invadían… pero mi corazón latía con fuerza por algo más que no entendía. Llevé mi mano al pecho, apretando mi camisa e intentando respirar.
Era similar a perder algo que era parte de mí, algo que me permitía respirar.
Alguien golpeó la puerta. Respiré un poco para calmarme.
—Pase.
Mi comando fue escuchado. Pierre entró con la elegancia y profesionalismo que solo él podía ofrecer. Mi asistente de tantos años me conocía incluso mejor que yo mismo. Sus ojos color caramelo se posaron en mí, escudriñando cada gesto. Levantó una ceja por unos segundos y carraspeó.
—Señor, ya hemos confirmado que la señorita Katherine ha aplicado a otras compañías. Muy probablemente ya no trabajará en la compañía que, según mis cálculos —llevó la mirada a su carpeta, revisando unos papeles— le doy como máximo ocho meses para que quiebre.
Silencio. Durante unos segundos lo miré, intentando recordar qué había hecho. Mi expresión se mantuvo igual.
—Excelente. Deseo adquirir esa compañía, pero quiero que ella salga, así que si pueden mover contactos para que sea contratada sin pestañear, háganlo —respondí con indiferencia, sentándome en mi escritorio, sosteniendo la mirada en el acta de divorcio—. Revisa mi agenda y, si hay algún cambio, avísame.
—Como desee, señor.

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