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¡Oops! Casada con el chico equivocado romance Capítulo 271

Evaldo se recargó afuera del reservado y llamó por teléfono a Teodoro.

—Teodoro, ¿andas ocupado?

Teodoro se sorprendió de recibir una llamada de Evaldo.

—No, para nada. Recién salí de una reunión con la alcaldía.

—¿Y tú qué? ¿Hoy traes plan?

Evaldo sonrió como quien no quiere la cosa.

—Ah, pues sí ando en un plan… estoy cenando con tu cita. La Srta. Casas es amiga íntima de mi esposa y, por accidente, escuché que dijo que tú… olías a señor mayor.

Teodoro se quedó quieto un segundo y luego soltó una risa.

—Ya entendí. Hoy viniste nomás a burlarte de mí.

—¿Yo? Para nada —Evaldo puso voz de inocente—. Yo vine a avisarte. La próxima, Teodoro, échate tantito perfume, ¿no? Para tapar el “aromita”.

Teodoro no tenía ganas de seguirle el juego.

—Ya. Cuelgo.

Evaldo colgó más que satisfecho.

Ni modo que solo a él le tiraran indirectas.

Él, como buen amigo, ya le había echado el pitazo; eso también era ser leal.

—…¿Evaldo?

Evaldo guardó el celular en el bolsillo y alzó la mirada con calma. Vio a una mujer con un vestido largo morado; ella también pareció sorprendida.

—¿Dra. Mena?

Isabella Mena se acercó sonriendo.

—Sí eres tú. Pensé que estaba viendo mal.

Isabella había sido la doctora que lo atendió en el extranjero.

Su plan de rehabilitación lo había diseñado ella, a su medida.

Y era quien mejor sabía cuánto había sufrido ese hombre para volver a ponerse de pie.

Evaldo siempre le guardó un poco de gratitud. Hubo muchas veces en que quiso rendirse, y la Dra. Mena lo calmaba con esa manera suya, serena, casi fría.

—¿No quieres volver a ver a la persona que te gusta?

En cuanto entró, se puso a chismear bajito:

—Sani, afuera hay una mujer hablando con tu esposo.

—Está bien guapa. Dice que es como su doctora de no sé qué, de cuando estaba fuera.

Sania se quedó un instante en blanco. ¿La doctora que ayudó a Evaldo a volver a caminar?

Él alguna vez se lo había mencionado por encima.

—Ah, ya sé quién es. Entonces sí era doctora… Esa doctora es buenísima.

Tatiana puso los ojos en blanco.

—Ay, tú ponte viva. Yo vi cómo lo miraba… como con ojitos de novela.

Apenas terminó de decirlo, Evaldo abrió la puerta y entró.

Tatiana se calló en seco.

Evaldo entrecerró los ojos y miró a las dos. Se notaba que estaban hablando de él.

—Me encontré a una amiga, la que te mencioné antes: la Dra. Mena. No pensé que estuviera de regreso, anda de vacaciones.

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