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¡Oops! Casada con el chico equivocado romance Capítulo 325

En el segundo mes de embarazo, Sania se levantó y vio el desayuno que normalmente le encantaba. Le dio una arcada horrible y corrió al baño a tener náuseas un buen rato.

Evaldo acababa de salir del gimnasio. Al verla así, fue de inmediato tras ella.

Se agachó a su lado y le sobó la espalda con cuidado.

—¿Qué oliste? —Evaldo más o menos sabía que ya le había empezado el malestar del embarazo.

Sania se apoyó en él para levantarse.

—El pescado… huele muy fuerte.

—No quiero comer.

Evaldo le pidió enseguida a Lucía que cambiara el desayuno, pero Sania seguía con náuseas.

Al final solo pudo tomar un poco de caldo blanco. No importaba qué le pusieran: lo vomitaba. Solo podía tomarlo completamente simple.

Lucía no sabía que el malestar era tan fuerte y se sintió culpable.

—Señor, perdón, no lo hice bien.

—No es tu culpa, Lucía. Desde hoy, la cocina la va a llevar otra persona.

Evaldo contrató un chef para que preparara la comida, pero no sirvió. Cambió diez cocineros y Sania seguía igual.

En apenas dos semanas, Sania bajó muchísimo de peso; la cara se le afinó.

A Evaldo le dolía verla así y no sabía qué hacer.

Brenda también estaba angustiada y buscó mil remedios caseros.

—Sani, ¿por qué te pega tan fuerte?

Sania, sintiéndose fatal, no fue a la empresa.

—Abuela, estar embarazada es bien difícil.

—Es culpa mía… Antes tu abuelo era el que te cocinaba. Cada vez que te sentías mal, comías lo que él hacía y se te pasaba el llanto. Ay… su sazón, yo no aprendí ni un poquito.

Evaldo miró la pila de currículums de cocineros que le había conseguido Tobías.

—Estos no sirven. Busca mejor empleadas que sepan cocinar, y de preferencia con experiencia cuidando embarazadas.

Yuria llegó con un termo de comida al Grupo Camoso.

—Hola, quiero ver al señor Camoso.

—Señora, ¿tiene cita? —preguntó la recepcionista por rutina.

Yuria se quedó un segundo con la boca entreabierta y luego sonrió, incómoda.

Yuria, para convencerlo, destapó el termo, sirvió un poco y se lo tomó frente a él.

—Mira, yo misma lo puedo tomar. De verdad no pasa nada.

Evaldo entrecerró los ojos.

—¿Y si solo le hace daño a una embarazada? Tu intención ya la vi, pero no hace falta. A la familia Camoso no le faltan cocineros. No vengas a estorbar.

Él no iba a aceptar nada hecho por Yuria.

Cuando por fin entrevistó a la quinta empleada, Evaldo no le dijo a Sania que el caldo era de una nueva persona.

Sania miró el plato: un caldo ligero de rábano con costilla. El olor no le molestaba, pero le daba miedo tomarlo y volver a vomitar.

Hasta probar comida le daba nervios.

Evaldo le habló suave.

—Pruébalo. Yo ya tomé un poco, está rico. No es grasoso, es bien ligero… el rábano queda con un dulzor suave.

Sania, a regañadientes, tomó una cucharadita y la probó con la punta de la lengua.

Eh… no estaba mal.

Tomó unas cucharadas más, y cuando se dio cuenta, se había terminado un tazón pequeño. Por primera vez, hasta se le salió un eructito de estar llena.

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