Cristian se dejó caer en la silla ejecutiva de su oficina con un suspiro de agotamiento. Cerró los ojos por un momento, dejando que su cabeza descansara contra el respaldo de cuero negro. Su cuerpo estaba extenuado, su mente saturada. La universidad, la empresa y el peso de la familia Soto estaban consumiendo su juventud a un ritmo alarmante.
Con un gesto automático, subió los pies sobre la mesa de cristal frente a él, sin importarle la imagen que daba. Aquel despacho, aunque elegante y decorado con un gusto sobrio, no le ofrecía consuelo. Era solo un recordatorio de la responsabilidad que ahora cargaba sobre sus hombros, una carga que nunca pidió pero que debía soportar.
El sonido de unos ligeros golpes en la puerta lo sacó de su letargo.
—Buenas tardes, señor Soto. Tiene una visita —anunció la voz firme pero cautelosa de su secretaria.
Cristian entreabrió los ojos con fastidio.
—¿Quién es? —preguntó con desdén, sin molestarse en bajar los pies de la mesa. Luego frunció el ceño y miró hacia la puerta con impaciencia—. ¿Acaso tenía una cita? ¿Desde cuándo dejas pasar a cualquiera?
Su tono era afilado, cortante, como un látigo dirigido a la joven que permanecía de pie en la entrada, claramente incómoda ante su mal humor.
—Es el señor Carbone —dijo ella rápidamente, haciéndose a un lado para dar paso a un hombre mayor, elegantemente vestido, que entró con paso seguro.
Cristian se irguió de inmediato en su silla y bajó los pies de la mesa con un leve golpe. Observó con atención al recién llegado: Juan Carlos Vittorio Carbone, el patriarca de una de las familias más influyentes dentro de la mafia italiana. No era un hombre que acostumbrara a hacer visitas sin previo aviso.
Pero lo que realmente capturó su atención no fue el hombre mayor, sino el joven que lo acompañaba.



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