Por la tarde, Delfina recogió sus cosas y se fue a casa una hora antes de lo habitual.
—Mamá, ¿por qué has vuelto tan temprano hoy? —preguntó Samuel mientras saltaba del sofá con cara de sorpresa.
Delfina entonces lo levantó.
—Samuel, me gustaría discutir algo contigo.
—¿Qué pasa?
—Me quedaré con Carla durante algún tiempo. ¿Puedes vivir con Claudia por un tiempo?
—Claro. —Samuel aceptó de inmediato, lo que sorprendió a Delfina. Se quedó en silencio un momento antes de añadir—: Samuel, puede que sea bastante tiempo.
—Puedes quedarte allí todo el tiempo que necesites. Estoy seguro de que Carla te habrá echado de menos. Como nunca has estado a su lado, no me importa prestarte a ella por el momento.
Sus palabras calentaron el corazón de Delfina y dijo:
—Samuel, mi hijo, eres tan bueno.
Claudia, que también regresó bastante temprano ese día, ayudó a Delfina a llevar su equipaje al coche.
—Sé que todo lo que diga no te servirá de mucho, ya que siempre has sido una persona más cuidadosa y minuciosa que yo. De todos modos, ten cuidado, por favor.
—Lo entiendo. Por favor, cuida bien de Samuel.
—Puedes estar tranquila. Por supuesto que cuidaré bien de mi hijo.
Sin embargo, antes de que Delfina entrara en el coche, preguntó titubeante:
—Claudia, ¿crees que tendré alguna posibilidad de conseguir la custodia de Carla si llevo esto a los tribunales?
—¿Deseas quitarle a Carla? —Una mirada de sorpresa apareció en el rostro de la joven—. ¿Has pensado bien esto? Carla no sólo tiene a Santiago detrás suyo, sino también a toda la familia Echegaray.
Las cejas de Delfina se fruncieron y murmuró:
—Sé que esto será difícil y, de hecho, parece una fantasía. No lo pensaré por ahora. Es hora de irme.
—Espera. —Claudia la detuvo de repente, y llevaba una expresión severa que rara vez aparecía en su rostro—. Si en verdad quieres llevar esto a los tribunales, mis padres y yo te ayudaremos.
—Gracias, Claudia.
Aunque Delfina sabía que Claudia hablaba en serio, no quería arrastrar a la familia Bisconti a sus asuntos, así que la idea de llevar el caso a los tribunales se quedó en una mera idea.
Claudia vio cómo el coche de Delfina se alejaba lentamente, y una rara expresión sombría sustituyó su habitual sonrisa brillante mientras marcaba un número internacional.
El teléfono sonó durante un rato al otro lado antes de que lo atendieran. Una voz masculina sensual ronroneó por la línea:
—Hola. ¿Por qué me has llamado tan de repente, cariño? —El hombre hablaba con acento americano.
—Deja de molestar, Hernández. Tengo algo importante que preguntarte. ¿No eres abogado? Me gustaría preguntarte sobre una demanda de custodia.
—Cariño, ahora estoy de licencia. Si quieres hablar de trabajo, hablemos dentro de dos semanas.
—¿De licencia, dices? Entonces, ¿ya no quieres salir con Chris?
—¿Qué quieres decir? —La voz masculina al otro lado de la llamada sonó seria de repente.
A través de su voz por teléfono, Claudia pudo incluso imaginar cómo Hernández se enderezaba en su silla de playa.
Luego la joven continuó:
—Si consigues hacerlo, Chris quedará impresionada, te lo aseguro.
Sin embargo, Hernández no respondió.
Mientras tanto, Delfina entró con su coche en el garaje de la residencia Echegaray. Después de cerrar el maletero, levantó la cabeza y vio a Santiago en la entrada.
—¿Has venido a darme la bienvenida en persona? —Dejó su equipaje y le mostró una sonrisa juguetona mientras murmuraba—: Supongo que soy bastante importante para ti.
—¿Qué dices? Estoy aquí para asegurarme de que no traigas a nadie que no debas traer.
—¿A quién no debería traer?
—Deja de preguntar pavadas. —Un atisbo de impaciencia se asomó a sus cejas y murmuró—: Ya que has aceptado hacerle compañía a Carla, no creas que puedes tener a ese mocoso ocupando su tiempo.
—A Carla le gusta Samuel y pueden ser buenos amigos aunque no sean hermanos biológicos, así que no hay necesidad de hacer un escándalo.
—¿Amigos? —Se burló y murmuró—: No es necesario. Carla no necesita compartir ninguna de sus cosas con nadie y tampoco necesita que nadie comparta nada con ella.

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