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¿Por qué finjo ser muda? romance Capítulo 58

―«No lo hice». ―Delfina movió la cabeza furiosamente para negarlo.

—¿No te uniste a Gerardo, o no me envenenaste? ―Santiago soltó otro bufido―.

Ah, se me olvidaba. No tuviste tiempo de envenenarme, ¿verdad?

Delfina se apoyó en el cabecero con la impotencia reflejada en sus ojos. No podía hacer nada más que sacudir la cabeza y negarlo.

―«En verdad no sé qué hace esa botella de medicina. No era la misma que me dieron antes».

Santiago se impacientó.

—No tienes que apresurarte a negarlo. Ya no importa. Por cierto, ¿te has olvidado de algo? Nuestro trato sigue en marcha.

Delfina se quedó helada.

―«Ya hice lo que me dijiste. Fui al viñedo».

—Sí, pero ¿qué pasa? No conseguiste la receta, ¿verdad?

Ante la mención de la receta, Delfina se dio un fuerte pellizco en la palma de la mano en un intento de calmarse.

―«¿Me dejarás ir si te doy la receta?»

La fría mirada de Santiago se clavó en ella.

—¿Conoces la receta?

―«Gerardo me llevó al viñedo y me la mostró».

—¿Por qué te llevaría allí de repente?

―«Es parte de un trato. Acepté ayudar con su trabajo».

Santiago enarcó las cejas mientras la examinaba, tratando de juzgar si sus palabras eran reales. Al cabo de un rato, tomó un cuaderno de la mesita de noche y lo tiró sobre las sábanas. Entonces, una fría orden salió de sus finos labios.

—¡Escríbelo!

Delfina tomó el bolígrafo con sus dedos delgados pero pálidos. Recordó el contenido de la receta que había visto en el estudio aquel día y lo reprodujo en el cuaderno trazo a trazo.

«Angélica...» Tras anotar el primer ingrediente, la mano de Delfina se detuvo un momento. Con el rabillo del ojo, miró a Santiago, que la miraba fijo. Su corazón tembló un poco y luego apretó los dientes mientras escribía dos palabras. «Tres onzas».

—¿Hecho? —Santiago tomó el cuaderno que se le ofrecía con desconfianza mientras ella asentía con cautela.

Los ingredientes de la receta eran todos de medicina tradicional con sus cantidades, estaban más allá de los conocimientos profesionales de Santiago.

—Si esto fuera de verdad, entonces dejaremos que el pasado sea el pasado. Pero si te atreves a mentirme... —Santiago le lanzó una fría mirada, y luego terminó su frase mientras guardaba la receta con seguridad—: Prepárate para una estancia permanente en el hospital.

Delfina se estremeció e inconscientemente agarró la manta con más fuerza.

Tras obtener la receta, Santiago se marchó a toda prisa, pues necesitaba verificarla cuanto antes. No fue hasta que la puerta se cerró cuando Delfina se relajó poco a poco y dejó de pellizcarse la palma de la mano.

«¡Uf!» No debía quedarse más tiempo en Pontevedra, y no se atrevía a imaginar lo que le ocurriría si Santiago descubría que las dosis de la receta eran incorrectas.

En este momento, en el monovolumen que salía del hospital y se dirigía al Grupo Echegaray:

—Señor Echegaray, ¿vamos a la empresa o...?

—Al instituto de investigación.

Santiago sostuvo la receta que escribió Delfina, sumido en sus pensamientos. Después de un rato, ordenó:

—Que alguien compruebe si Delfina fue a Viñedos Murillo después de la celebración del cumpleaños de Gerardo.

Paco se quedó atónito por un momento.

—Entendido.

El coche no tardó en llegar al instituto de investigación médica propiedad del Grupo Echegaray, situado en la zona oeste de la ciudad.

La intención del grupo Echegaray de comprar Farmacéutica Murillo no era algo nuevo. Incluso antes, Santiago había planeado su ejecución durante mucho tiempo, pero Grupo Echegaray nunca había entrado en el campo de la medicina. Por lo tanto, había que construir muchas cosas desde cero.

El instituto de investigación médica fue uno de los puntos de partida cruciales.

—¡Señor Echegaray! ¿Qué le trae por aquí? —Un hombre de mediana edad con bata blanca saludó a Santiago al salir del laboratorio.

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