Entrar Via

¿Princesa Dócil? ¡El Dragón a Sus Pies! romance Capítulo 7

—¿Serafina Díaz?— La mirada de Cecilia se posó en la nueva cédula de identidad que tenía delante. Una risa hueca y desoladora resonó en la espaciosa oficina.

Ser entregada a una docena de matones por el mismo esposo que había buscado durante dos años.

Estar viva y, sin embargo, tener un funeral que fue la comidilla de toda la ciudad, e incluso ser borrada del registro civil.

Y ahora, de repente, era su hermana, una moneda de cambio en un matrimonio arreglado.

¿Podía haber algo más irónico?

Mientras reía, las lágrimas comenzaron a brotar sin control, deslizándose por sus mejillas y estrellándose contra el frío suelo.

El Samuel que, para casarse con ella, había desafiado a su familia y se había arrodillado sin descanso en la capilla durante tres días y tres noches, el que le había dicho que, si el cielo se caía, él estaría allí para sostenerlo, estaba muerto.

El Samuel que, cuando estaba acorralada por los acreedores y a punto de quitarse la vida, la había rescatado del abismo sin dudarlo, estaba muerto.

El Samuel que le preparaba un té de canela cuando tenía cólicos, que velaba a su lado toda la noche cuando estaba enferma, cuyas contraseñas eran todas la fecha de su cumpleaños y que recordaba cada uno de sus gustos, estaba muerto.

Este hombre frío que tenía delante, el que había anulado su identidad, organizado su funeral y la había empujado personalmente al abismo, era solo un extraño ocupando su cuerpo.

Su Samuel, el que la había cuidado como a la joya más preciada, el que no soportaba verla fruncir el ceño, había muerto hacía dos años en aquel frío naufragio, y con él se habían hundido su amor y sus recuerdos, sin dejar rastro.

—¡PLAS!— El sonido nítido de una bofetada resonó en la silenciosa oficina.

Ahora, sus palabras se habían convertido en una profecía. El Samuel que las pronunció estaba muerto, y Cecilia también.

Con un tirón, se quitó el anillo. El metal frío rozó su piel, dejando una leve marca roja, como si arrancara a la fuerza el último vínculo que los unía.

Apretó en su mano el anillo que una vez había atesorado, uno de sus pocos consuelos durante los últimos dos años.

Levantó la mano y, sin dudarlo, se lo lanzó a Samuel.

El anillo trazó un arco helado en el aire, como una estrella fugaz, antes de golpear su pecho y caer al suelo con un tintineo metálico.

—A partir de ahora, no nos debemos nada.— Las últimas cuatro palabras las pronunció con una fuerza inusitada, como si usara toda su energía para arrancarlo de su propia carne.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Princesa Dócil? ¡El Dragón a Sus Pies!