Patricio se quedó sorprendido. «No hay nadie más en la casa. ¿Está sola?».
—Agua... Agua... —balbuceó Génova con voz débil.
Patricio miró la mesita de noche y le sirvió un vaso de agua, luego se sentó en la cama junto a ella y la ayudó a levantarse para ayudarla a tomar un poco. Parecía que la joven estaba sedienta porque vació el vaso en un santiamén. Él alargó la mano para tocarle la frente, pero su mano estaba fría y Génova sintió alivio ante su tacto.
—Mmm... —Entonces le tiró de la mano, la colocó sobre su rostro y murmuró—: Caliente... Tan caliente...
Patricio había notado su aroma en cuanto ingresó a la casa. «Toda la casa tiene un olor bastante dulce que me resulta muy familiar. ¿Por qué no puedo recordar cuándo me encontré con este aroma?». Le acarició el rostro con suavidad y le preguntó:
—Génova, ¿te sientes mal? Te llevaré al hospital.
Génova estaba un poco más consciente después de las suaves palmaditas en el rostro, así que abrió los ojos y lo miró, media adormilada.
—No. No quiero ir al hospital. —Se sacudió para que le quitara la mano y se acurrucó en su manta—. Frío... Hace tanto frío...
«No luce nada bien. Siente calor un segundo y frío al siguiente, pero no quiere ir al hospital», pensó Patricio y frunció el ceño antes de arroparla con la manta. Luego, sacó su teléfono y llamó a Kevin, quien contestó al instante.
—Pat, ¿cómo te fue anoche? —Sonrió.
«Anoche se fue con la señorita Conejita, ¡debe haber tenido una gran noche!».
—Tiene fiebre. Su temperatura es de treinta y nueve y medio ahora. ¿Qué debo hacer?
—¿Qué? ¿La cansaste tanto que tiene fiebre?

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