—Yo, Jayden Matthew, te prometo a ti, Aria Kates, tenerte y cuidarte desde ahora y para siempre. En las penas y en las alegrías, en la abundancia y en la escasez, en la salud y en la enfermedad. Amarte y respetarte todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe.
Las palabras de Jayden seguían grabadas a fuego en la mente de Aria, tal como las pronunció al jurar sus votos sagrados ante el altar. Aria aún podía sentir aquella atmósfera de silencio solemne y conmovedor el día de su boda.
En aquel entonces, Aria pensó que Jayden simplemente estaba interpretando su papel a la perfección, al igual que ella. Porque ninguno de los dos había deseado realmente ese matrimonio. Quizás ambos aceptaron el "sí, quiero", pero solo fue para cumplir los deseos de sus familias, que habían pactado la unión. No eran más que peones en un tablero, listos para obedecer órdenes.
Sin embargo, tras casi un año de convivencia, esos pensamientos se desvanecieron. La amabilidad, el afecto y las atenciones de Jayden hicieron que Aria se perdiera por completo en una felicidad ilusoria. Y, por desgracia, terminó enamorándose de él.
Depositó toda su confianza y sus sentimientos en un hombre que ella creía que sentía lo mismo. Aria estuvo a punto de echar por tierra el argumento de que los matrimonios arreglados sin amor están condenados al fracaso.
Pero, evidentemente, fracasó. Los prejuicios de la gente resultaron ser ciertos. Su hogar estaba al borde del abismo.
El hombre en quien confiaba finalmente había mostrado su verdadero rostro: alguien que la odiaba más que a nada en este mundo.
No importaba que Jayden fuera el primer hombre del que Aria se enamoraba. En cierto sentido, él era su primer amor. Resultaba desgarrador que ese sentimiento que empezaba a florecer se hubiera transformado en odio. Aria también lo detestaba.
O quizás no. Ella misma aún lo dudaba. La mujer respiró hondo, secándose con brusquedad las lágrimas que rodaban por sus mejillas.
Aria giró la cabeza cuando alguien abrió la puerta de la habitación del hospital donde estaba ingresada. Sin embargo, al ver de quién se trataba, desvió la mirada de inmediato, negándose a darle el gusto de verla a los ojos.
—¿Cómo estás? —preguntó Jayden mientras se quitaba la chaqueta y se aflojaba la corbata, que parecía estar asfixiándolo.
—¿A ti qué te importa? —espetó Aria. Ni siquiera se dignó a mirar a su esposo.
Jayden soltó una risita suave y se acercó a la cama donde Aria había pasado los últimos días. Tras lo sucedido aquella noche, Aria tuvo que dar a luz de emergencia debido a una fuerte hemorragia. Por suerte, tanto ella como el bebé sobrevivieron, aunque el pequeño tuvo que quedar en cuidados intensivos por ser prematuro.


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