Estaba a punto de dejar el teléfono sobre la encimera, irrumpir de nuevo en la sala de estar y mandar al demonio a Will y a... ¿cómo se llamaba? Anna. Que se largaran de mi vista.
Porque no había ni la más mínima posibilidad de que me sometiera a cualquier prueba que Asher creyera que podía imponerme a la fuerza.
Pero entonces el teléfono vibró otra vez. Miré la pantalla: Luca.
Atendí.
—Vaya, pequeña Ari, sigues ahí —saludó.
—Oh, por Dios, ¿ahora qué? ¿Lo encontraste? —inquirí, sarcástica y exhausta.
—No estaba perdido —replicó Luca con frialdad. Luego soltó una risita—. Llamé a Asher por ti porque de verdad me importas mucho. Temía que alguien hubiera venido a secuestrarte en tu propia prisión. ¿Te lo imaginas? ¿Ser secuestrada dentro de una cárcel?
Puse los ojos en blanco.
—Solo dime qué fue lo que dijo.
—Sí, son médicos —explicó—. Solo están allí para revisarte. Hacerte un par de pruebas. Asegurarse de que estés sana y próspera, en serio.
—Ah, claro —espeté—. ¿Así que contrató a un ginecólogo para que me haga un chequeo sexual?
Luca se rió.
—No te lo tomes tan a pecho.
—¿Sabes qué? —bramé—. Puedes decirle a Asher que se haga los exámenes él mismo, porque yo no voy a hacer ni una maldita cosa.
Colgué. El teléfono repicó de inmediato.
Respondí, sin hacer el menor esfuerzo por ocultar mi frustración.
—De acuerdo, pequeña Ari... mira, solo escúchame.
—Te escucho.
—¿No te hace sentir bien saber que alguien se preocupa por tu salud sexual?
—No. No me hace sentir bien —sentencié con voz cortante—. Jamás se lo pedí. Nunca le di un motivo para que pensara que lo necesitaba.
—Creí que las mujeres normalmente se hacían este tipo de chequeos de rutina —comentó él—. ¿Por qué no lo ves de esa manera?
—Porque no quiero verlo de esa manera.
Se produjo una breve pausa. Entonces añadió:
—Mira, Ariella. Ya tuve una enorme disputa con Asher por tu culpa. No quiero otra. Solo... sigue mi consejo y haz lo que el tipo quiere, ¿bien?
Ahí aparecía de nuevo esa misma frase. Ese mismo tono. Esa misma advertencia.
—Recuerdas perfectamente lo que hablamos los dos, ¿verdad? —agregó.
Me froté los ojos, cansada. Emocionalmente agotada.
—No me haré la prueba... él solo pretende humillarme.
—Esta llamada está siendo grabada —soltó de repente.
Parpadeé.

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