Ariella
Asher se levantó del taburete despacio, como un hombre que sopesaba la violencia en sus huesos. Luego me señaló con un dedo.
No para golpearme. Pero el gesto cortó como una advertencia, como una bofetada por derecho propio.
—Tenía razón —dijo con frialdad—. Algo pasó entre tú y un vecino... Lo besaste.
Su voz era tranquila, de esa manera peligrosa que siempre precede a la tormenta.
—¿Qué vecino fue? Quiero saberlo.
Comenzó a apuntar vagamente hacia nuestra izquierda.
—No pudo haber sido el viejo de allá —se burló—. ¿Fue el esposo de esa pobre mujer? ¿Es eso?
Parpadeé, atónita, no porque estuviera cerca de la verdad, sino porque estaba ridículamente desorientada.
Y ahí fue cuando me cayó el veinte: quienquiera que le había contado... no le dijo gran cosa. Quizás tenían miedo. Quizás querían protegerme. O tal vez solo querían sembrar el caos sin quemarse.
De cualquier forma, él no lo sabía todo. Y, extrañamente, eso no hizo que quisiera mentir.
—No fue su esposo —aseguré en voz baja.
—¿Entonces quién fue? —su voz se elevó—. ¡¿Quién fue?! ¿O es alguien de enfrente? Vamos, Ariella, no me obligues a sacártelo a la fuerza.
Enderezé la columna, con la barbilla en alto.
—Mira, Asher, esto... nada de esto está sirviendo de algo, no está ayudando... Sí. Lo besé. Y sí, ya te había dicho antes que lo hice. ¿Y ahora qué? ¿Vas a castigarme? —mis ojos centellearon—. Hazlo. Castígame. A mí y a mi hijo... Tu hijo —dije eso último en un susurro.
Pero antes de que pudiera pronunciar las palabras en voz alta, antes de que finalmente pudiera decirle que Leon era suyo, él me interrumpió, como si estuviera sordo a mi voz.
—Mi esposa... —murmuró, como si le diera vueltas a la palabra en la boca—. Mi esposa no tiene nada que ver con esto... con nosotros.
El pecho se me tensó.
—Esta es la última vez; quiero que jamás vuelvas a traerla a nuestras conversaciones —comentó tajantemente.
—Ah, ya veo. De acuerdo —me mofé—. Así que es así. Ella es la joya preciosa y yo soy solo ¿qué...? ¿una extensión? ¿Una herramienta? ¿Una distracción?
—No —aseguró él—. No quiero decir eso. Mi matrimonio... nunca fue por amor.
Me miró con los ojos ardientes.
—Se basó en el poder. Fue por territorio, expansión, alianzas. Fue por la paz. Nunca se supuso que tuviera algo que ver con el amor. Así que Dinara ni siquiera debería estar en esta conversación. Esto es entre tú y yo.
—Dinara —repetí, saboreando el nombre en mi lengua—. Es la primera vez que pronuncias su nombre.
Él levantó la mano otra vez, bruscamente esta vez, para callarme, pero no. No. Esta vez no.

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