Esperaba recibir la noticia de que estaba embarazada, necesitaba darle un heredero a Giovanni, su esposo desde hacía tres años.
Demostrarles a todos que no era una "esposa infértil" como le decían a sus espaldas, que sí podía albergar vida dentro suyo.
No quería volver a ver un negativo en sus resultados.
Nunca le habían gustado lo hospitales. Le traían malos recuerdos de su infancia, pero era un precio a pagar por la recompensa que habría al final... El amor de su esposo.
La posibilidad de traer al mundo un ser que fuera de los dos.
«Dios, por favor... Que sea positivo, ¡dame un bebé!»
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Pero nada se nos da como queremos, ¿cierto? Porque cuánto más grande es el anhelo, más fuerte es la decepción.
El aire del hospital olía a desinfectante y por alguna razón, ahora creía que incluso a desilusión.
Skyler Donovan salió del consultorio con una carpeta bajo el brazo, los labios apretados y la mirada fija en el suelo. Su corazón latía con fuerza, pero no de emoción. Ya no. Era el latido hueco de una esperanza herida que se resistía a morir.
—El resultado fue negativo —le había dicho el médico con una expresión que pretendía ser empática—. Pero hay una posibilidad. Su retraso indica que aún no ha ovulado. Puede que no sea un no definitivo, solo un "todavía no".
Un "aún no" que había escuchado durante tres años.
Tres años de intentarlo. Tres años de aguantar preguntas incómodas, tratamientos dolorosos, pastillas, inyecciones hormonales, y noches con lágrimas derrotadas sobre la almohada mientras su esposo dormía a su lado con la espalda vuelta.
Odiaba las noches después de saber que no había logrado concebir, era una especie de castigo que Giovanni le daba por fallar.
Pero ese día era especial, porque se cumplían exactamente tres años desde que se había casado con Giovanni Accardi, y aún no había logrado concebir. No era una fecha que celebrara... Era un recordatorio.
Entró al coche sin mirar a nadie y condujo hasta casa. Lo hacía en automático. Como todo últimamente. Respirar, sonreír, cocinar, fingir. Ser la esposa perfecta aunque su cuerpo no lo fuera. Aunque cada mes el vacío siguiera igual de intacto.
Cuando abrió la puerta de la mansión, el aroma a whisky la golpeó primero. Luego, el sonido de un vaso estrellándose contra el suelo.
—¿Giovanni...? —llamó con cautela.
Lo encontró en la sala, medio derrumbado sobre el sofá, con los ojos turbios y la camisa desabotonada. Había botellas vacías sobre la mesa, algunas aún rodaban por el piso. Nunca lo había visto así.
—¿Qué pasó...? ¿Estás bien? —preguntó, arrodillándose frente a él.
Giovanni la miró como si no la reconociera. Pero luego estiró una mano y la atrajo hacia sí, con fuerza. Ella cayó sobre su regazo con un grito ahogado.
—¿Qué haces? —murmuró, pero no se resistió.
Él la besó. Con rabia. Con necesidad. Con una desesperación que no entendía.
Y Skyler, por una noche, dejó de pensar. Ella también estaba desesperada por pensar en otra cosa que no fuera un bebé.
Dejó de contar los días del calendario. Dejó de recordar las veces que falló, las veces que lloró. Solo cerró los ojos y se entregó al hombre que una vez la miró como si fuera todo lo que quería en la vida.
Pero a la mañana siguiente, despertó sola.
Y no tardó en escuchar el portazo de su dormitorio al ser abierto con fuerza.
Giovanni la miró desde el umbral con frialdad.
—Espero que estés feliz con lo que hiciste anoche —escupió.


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