Como un caminante al borde de la muerte que, tras días perdido en el desierto, por fin divisara a lo lejos una luz, así miraba la mujer la pequeña pantalla del celular. Abría los ojos como platos, sin pestañear, contando a toda velocidad y con una seriedad casi desesperada, como si temiera que el aparato se apagara de un momento a otro.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete...
Tragó saliva con fuerza, el rostro se le puso rojo de tanto contener la emoción. Como si dudara de estar soñando, se frotó los ojos con las manos empapadas de cerveza y acercó la cara al celular, volviendo a contar:
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, ¡siete!
—¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete!
—¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete!
La mujer, completamente fuera de sí, miró a la muchacha, volvió a mirar la pantalla, y después de repetir ese ir y venir varias veces, por fin consiguió hablar, aunque la voz le salió apretada por tanta emoción:
—¿De... de verdad? ¿De verdad es tuyo? ¿Tú... tú tienes tanto dinero?
La última palabra le salió tan chillona que pareció el cacareo de una gallina.
La muchacha frunció el ceño casi imperceptiblemente, soltó un —tsk— y, justo cuando la mujer temblorosa fue a agarrar el teléfono, la chica sonrió de lado. Con un movimiento rápido, el celular negro y normalito pasó de la mano de la mujer a la suya.
—Sí, el dinero está en mi tarjeta, y la tarjeta en mi celular. Claro que es mío —dijo la muchacha, apoyando la barbilla en una mano y sonriendo con tranquilidad—. ¿Ves? Ya no tienes que preocuparte por no tener dinero para curarte.
—¡No me preocupo! —respondió la mujer enseguida—. ¡Ya no me preocupo! Tú...
La emoción le encendía el rostro y le hacía temblar las manos.
—¿De verdad quieres gastar todo ese dinero en curarme? —preguntó, casi incrédula.
—Por supuesto —contestó la muchacha—. Incluso, si hace falta, te doy todo. Total, no es la única tarjeta que tengo.
—¿To... todo? —la mujer se quedó paralizada—. ¿Me lo darías todo?

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