Los hombres no dejaron de observarlos y vieron la expresión de Antonio. ¡Todos le alzaron el dedo medio!
«¡Sin vergüenza! ¡Qué piel tan firme!».
Antonio y Paulina se quedaron en esa posición hasta que el tren llegó a su parada. Paulina se levantó con mucho esfuerzo y se acomodó la ropa con timidez. Luego, tanto ella como Antonio salieron del tren.
Ella pensó que al viajar en tren se había librado de Juan, pero cuando salieron de la estación, vieron tres Lamborghini alineados afuera. Varios escoltas, todos con gafas de sol, se dirigieron a Paulina con respeto.
—Señorita Peralta, el Señor Juan estaba ocupado con el trabajo y no pudo venir. Nos ha ordenado que la busquemos, también ha preparado un banquete para recibirla esta noche en el Paraíso Higareda. ¿Quiere ir primero a la casa del Señor o directo al hotel?
Antonio se quedó atónito sin hablar, ante las personas que tenía delante. ¡Esta señorita era en realidad algo más! Paulina no pudo evitar fruncir el ceño.
«¡Juan Higareda es tan molesto! ¿Acaso piensa que caería en sus brazos? ¡Argh!».
Antonio no vio la necesidad de quedarse a mirar.
—Disculpe, Señorita Peralta. Me iré ahora, adiós.
Antonio comprendió que eran de mundos diferentes, al menos por el momento. Él solo tenía trescientos a su nombre. Tenía que encontrar trabajo en una semana, o de lo contrario tendría que dormir en la calle. Pero antes de que pudiera dar un paso, Paulina lo alcanzó y lo agarró del brazo:
—¡Espera! Voy contigo. —Caminaron hacia la acera y llamó a un taxi.
Los guardaespaldas no entendían nada.
—Señorita Peralta, ¿qué quiere decir con esto? ¿Quién es este hombre? ¿Cómo se supone que vamos a explicar esto al joven?
Paulina resopló:
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Reliquias de Poder