Leonardo sí que tenía los permisos, pero ¿cómo iba a molestarse en revisar las cámaras por ella? Ya la había sentenciado. No necesitaba más pruebas.
Ella, con los ojos enrojecidos de frustración, fue expulsada por los guardias de seguridad sin poder demostrar su inocencia. Leonardo solo le espetó fríamente que dejara de hacer el ridículo, que estaba avergonzando a la familia.
Qué idiota había sido.
Natalia sonrió levemente y, con el aguachile en la mano, buscó un rincón en el vestíbulo para sentarse.
¿Cómo iba a demostrar su inocencia?
Si todo el mundo estaba del lado de Isabela.
Natalia no quería volver a caer en la misma trampa. Abrió la bolsa de plástico, sacó los dos recipientes llenos de aguachile, los puso sobre sus rodillas, los abrió y empezó a comer.
De todos modos, podía imaginarse la reacción de Leonardo al ver que era ella quien le traía la comida. Seguramente, la tiraría con asco.
Un desperdicio.
Mejor que acabara en su estómago.
Hay que reconocer que Leonardo tenía buen gusto. El aguachile de camarón era fresco y picante, el de callo de hacha, tierno y con un toque de limón, y el de pulpo, con su punto justo de cilantro...
Leonardo acababa de terminar una cirugía y volvió a su oficina. Se quitó la bata blanca, la colgó en la pared y sacó su teléfono del cajón para responder a algunos mensajes.
Uno de ellos era de Isabela.
[Hermanito, hoy Santi me acompañó de compras y me compró un montón de ropa bonita.]
Al leer el mensaje, la mirada de Leonardo se suavizó.
Le envió un emoji de "caricia en la cabeza" y le transfirió cien mil pesos.
Isabela respondió rápidamente.
[Hermanito, no hace falta que me mandes dinero, Santi ya me pagó todo.]
Leonardo tecleó de inmediato: [Pórtate bien y acéptalo.]
[Bueno. [Abrazo]]
Leonardo bloqueó el teléfono y lo dejó a un lado. Justo en ese momento, su asistente, el joven Luis, entró.
¡No creas que no sé lo que intentas, Natalia!
¿No quieres aprovechar la excusa de traerme la comida para acercarte a mí?
Siempre ha sido así. Desde que Natalia volvió a esta casa, se dio cuenta de su anhelo. Estaba celosa de la buena relación que Isabela tenía con sus hermanos, así que siempre intentaba complacerlos, buscando que le prestaran atención.
—Luis —dijo Leonardo—, cómprame una comida corrida.
No comería nada que Natalia hubiera tocado.
Luis asintió y salió de la oficina. Al poco rato, volvió con un recipiente de unicel y lo puso en su escritorio.
—Doctor De la Vega, su comida.
Leonardo abrió el recipiente y empezó a comer. No se comparaba, por supuesto, con el aguachile que solía comer.
Pero al pensar que Natalia lo había tocado, le pareció que la comida corrida era mejor. Al menos no le revolvía el estómago.
Aunque... ¿por qué Natalia aún no le había traído el aguachile?

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