El apuesto rostro de Leonardo estaba algo sombrío.
—Tengo algo que preguntarle.
Hoy, durante toda la tarde, se había sentido muy incómodo.
En su mente no dejaba de repetirse la imagen de Natalia ignorándolo.
Carmen, al ver la extraña expresión de Leonardo, preguntó instintivamente: —¿Qué ha hecho Natalia ahora?
Leonardo respiró hondo.
—Al mediodía, Natalia vio a Doña Elvira en la entrada del hospital, le quitó mi comida y dijo que me la traería.
Carmen apartó la vista, restándole importancia.
—Pensé que era algo grave. Natalia solo quería entregarte la comida personalmente, solo busca quedar bien contigo, su hermano.
—Pero no me la trajo —dijo Leonardo, apesadumbrado.
Carmen inquirió: —¿Cómo que no?
Leonardo apretó las manos, le costaba decirlo, pero no tuvo más remedio.
—Natalia no me trajo la comida, se la comió toda ella.
Carmen y Doña Elvira se quedaron heladas, atónitas.
—Eso es imposible.
Natalia oyó que alguien llamaba a su puerta.
Parecía la voz de Leonardo.
Se levantó de la silla para abrir.
En ese momento, el teléfono sobre la mesa sonó de repente.
¿Quién la llamaría a estas horas?
Natalia, extrañada, se acercó, cogió el teléfono y se quedó de piedra.
La serie de números que parpadeaba en la pantalla solo había aparecido un puñado de veces, pero ya le resultaba increíblemente familiar.
Era Alejandro Montenegro.
¿Por qué la llamaba ahora?
Además, se dio cuenta de algo muy extraño: ¿cómo demonios sabía Alejandro su número? La noche que regresó a casa después de renacer, este hombre ya la había llamado.
—Bueno, hola —dijo Natalia, fingiendo que era la primera vez que recibía esa llamada—. ¿Quién habla...?
—Alejandro Montenegro.
Una respuesta fría y escueta.
—Oiga... —dijo Natalia, algo nerviosa—. Señor Montenegro, ¿el motivo de su llamada es...?
—Para saber si ya has comido —dijo Alejandro.
Natalia se quedó perpleja.
¿Llamar solo para preguntarle si había comido?
¿Esta gente rica no tenía nada mejor que hacer?
—Todavía no —dijo Natalia—. Pero ya casi.
—¿Y qué hay de comer?
Natalia respondió: —...Hay costillas guisadas con castañas, pescado en escabeche con chiles, almejas salteadas picantes y alitas de pollo a la diabla.
—¿Y qué más? ¿Solo eso?
Natalia creyó percibir un atisbo de insatisfacción en el tono grave del hombre.
Así que se apresuró a añadir: —¡Y más! Hay mucho más: pollo a la sal, flan de camarones, abulón al ajillo, y creo que también cangrejo al vapor...
Tras recitar una larga lista de platos, Natalia se quedó helada.
¿Por qué demonios le estaba contando al gran presidente de Montenegro Corp estas trivialidades por teléfono? Esto no encajaba en absoluto con el guion de su vida anterior...

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