Isabela era una loba malagradecida. Él había sufrido una herida tan grave y ella lo había abandonado. Si no fuera porque esos hombres no querían matarlo, ahora mismo estaría muerto.
Santiago se arrepintió hasta la médula.
¿Cómo había podido, por esta loba malagradecida, atacar a Natalia, echarla de casa?
Claramente…
Natalia era su verdadera hermana.
Y él, por Isabela, había echado a Natalia.
Santiago, lleno de remordimiento, se dio cuenta de que se había equivocado, no debería haber tratado así a Natalia.
Se levantó del suelo, echó un vistazo a su alrededor y encontró la puerta del almacén.
La aporreó con fuerza. —¡Sáquenme de aquí!
Menos mal que seguía vivo, todavía tenía la oportunidad de enmendarlo.
¡Tenía que ir a buscar a Natalia!
"¡Clang!"
La puerta de hierro del almacén se abrió.
Un hombre de negro con un cubrebocas negro apareció en la puerta.
Santiago lo fulminó con la mirada. —¿Saben quién soy? ¡Soy el cuarto joven maestro de la familia De la Vega! ¡Sáquenme de aquí!
—¡No grite! —dijo el hombre de negro con un bufido, y le tiró unos tacos—. Todavía no podemos dejarlo salir. Usted y esa buena hermana suya tendrán que quedarse aquí un tiempo. ¡Nuestro jefe ha dicho que nadie puede arruinar el buen negocio de nuestra señorita!
—¿Quién es su jefe? —dijo Santiago, fulminando a esta gente—. ¿Para qué me han secuestrado?
—¿Secuestrarlo? —sonrió el hombre de negro—. No queríamos secuestrarlo, ¿quién lo manda a meterse donde no lo llaman?
Santiago apretó las manos. —¿Ha dicho usted antes que Isabela también está aquí?
—Sí, ¡por poco se nos escapa!
—¿Para qué la han secuestrado?

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