El dolor del hueso roto le recorrió todo el cuerpo. Las lágrimas de Regina brotaron. Luchó desesperadamente, pero Natalia la sujetaba del cuello y no podía moverse. Solo podía llorar sin parar.
—¡Regina!
Damián, al ver esta escena, no pudo evitar gritar.
Miró a Natalia con los ojos muy abiertos.
—¡¿Estás loca?! ¡Suéltala! ¡Suéltala ahora mismo!
—Damián Garza, no tienes por qué ponerte tan nervioso —dijo Natalia, mirándolo de reojo—. No he hecho más que devolverle lo que ella le ha hecho a mi amiga.
—¡Loca! ¡Estás loca!
Damián, enfadado, levantó el puño y se abalanzó sobre Natalia.
Antes de que pudiera tocarla, otros dos miembros del equipo lo sujetaron.
Varios se enzarzaron en una pelea.
Damián no era rival para ellos. Pronto le dislocaron los dos brazos.
—¡Bua… buaaa…!
Regina seguía llorando.
Nunca, en toda su vida, había sufrido tanto.
Natalia le preguntó con frialdad:
—Has dicho antes que lo que la familia Garza quiere, nadie se atreve a impedirlo. ¿Que tarde o temprano le sacarías los riñones?
Regina, con la cara llena de lágrimas, negó con la cabeza desesperadamente.
—¡No, buaa… no! ¡Me he equivocado! ¡No volveré a tocarla, lo juro! ¡No volveré a tocarla!
Natalia la soltó y la miró con dureza.
—¡Pues más te vale recordar lo que has dicho hoy!
Regina, sin poder sostenerse sobre una pierna, cayó al suelo.
Miró a Natalia, aterrorizada. Retrocedió, asustada, casi arrastrándose hasta un rincón. Se acurrucó allí, sollozando sin parar.
Natalia no volvió a mirar a Regina. Se giró para ayudar a Julia a salir.
—Salgamos de aquí rápido.
Al ver las espaldas de Natalia y las demás desaparecer, Regina, llorando, se arrastró hacia Damián.
—¡Hermano! ¡Hermano!
Damián miró a Regina, a la vez dolido e impotente.
Se arrepintió.

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