En el Centro Cultural de la Ciudad.
El maestro Guillermo Cuevas, con su preciada vasija de Talavera bajo el brazo, esperó en la entrada. Al ver llegar a Natalia, se apresuró a su encuentro.
—Aquí está, te he traído la vasija. Una partida para decidirlo todo. Si ganas, es tuya; si pierdes, me pagas su valor de mercado.
Natalia arqueó una ceja.
—Maestro, esto que hacemos, se parece bastante a una apuesta ilegal, ¿no cree?
—¿Cómo que se parece? —replicó el maestro Cuevas de inmediato—. ¿Cómo puedes comparar el ajedrez con las apuestas?
Si no fuera porque Natalia le había dicho que ya no jugaría con él sin nada a cambio, jamás habría sacado esta reliquia familiar.
Pero ya que la había sacado, era porque tenía una confianza absoluta.
¡Hoy, sin duda, le ganaría a esta mocosa!
La vasija estaba valorada en un millón de pesos, pero no le preocupaba que Natalia no tuviera el dinero. Al fin y al cabo, era la protegida de Alejandro Montenegro. En el peor de los casos, le cobraría a él.
-Je, je.-
El maestro Cuevas, feliz, sacó el estuche de ajedrez y dispuso las piezas sobre el tablero.
Esta vez, jugarían ajedrez clásico.
—¿Está tratando de aprovecharse de que no sé jugar a esto? —comentó Natalia, mirándolo de reojo.
Viejo astuto.
Antes, el maestro Cuevas siempre jugaba con ella partidas rápidas, no ajedrez clásico.
La diferencia entre ambos era abismal.
El maestro Cuevas se acarició la barba, muy ufano.
—Dije que jugaríamos ajedrez, pero nunca especifiqué que sería rápido. El clásico también es ajedrez.
Aunque no era un experto en partidas rápidas, llevaba décadas jugando al clásico. En toda la Ciudad de México, pocos podían ganarle.
Vencer a una mocosa sería pan comido.
Al ver que Natalia se quedaba de pie sin sentarse, el maestro Cuevas la miró con suficiencia.

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