La música se había extinguido, pero un eco de caos y revelación aún vibraba en el aire del gran salón. Los últimos invitados se marchaban en susurros, lanzando miradas furtivas a la familia De la Vega, cuyo orgullo yacía hecho añicos sobre la alfombra de lujo. Lo que debía ser la apoteosis de Isabela se había convertido en la coronación indiscutible de Natalia.
Ricardo de la Vega sentía el sudor frío en su nuca. Cada segundo que pasaba, sentía cómo el control de su propia familia se le escapaba de las manos, transferido a la hija que había ignorado durante meses. Vio a Natalia, de pie junto a Alejandro Montenegro, no como una joven de dieciocho años, sino como la llave dorada a un futuro que ni en sus sueños más ambiciosos había imaginado. El Grupo De la Vega, que se tambaleaba, ahora tenía un ancla, una conexión directa con el poder absoluto que representaba Alejandro. Debía actuar, y rápido.
—Natalia, hija mía —comenzó, acercándose con una sonrisa que se sentía frágil y desesperada—. Esta noche has sido la verdadera estrella. Tu madre y yo no podríamos estar más orgullosos.
Natalia se giró lentamente. Su rostro, enmarcado por la luz de los candelabros, era una máscara de serenidad helada. No había ira, solo un vacío que a Ricardo le resultó más aterrador que cualquier grito.
—¿Orgulloso? —repitió ella, su voz tan suave que apenas se oyó por encima del murmullo de los camareros—. Hace apenas unas horas, en este mismo salón, me llamó inútil. Me ordenó que rompiera con un novio imaginario para no seguir avergonzándolo. Su orgullo, padre, parece fluctuar con el valor de mercado de sus invitados.
Cada palabra fue un golpe. Ricardo retrocedió como si lo hubieran abofeteado, el color abandonando su rostro. Se quedó sin argumentos, expuesto en su crudo oportunismo.
Desde el otro lado del salón, oculta tras una columna, Isabela lo observaba todo. El veneno helado de los celos le recorría las venas. Había perdido. No solo la atención, no solo el favor de su padre, sino la batalla entera. David se había marchado sin dirigirle una sola mirada. Sus "amigas" la evitaban. Y ahora, su padre, su pilar, su defensor, se arrastraba a los pies de Natalia. La humillación era un fuego que la consumía por dentro, dejando solo cenizas de odio. No. Esto no podía terminar así. Si el mundo que conocía se estaba desmoronando, se aseguraría de arrastrar a Natalia con ella a las ruinas.

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