Fiel a su palabra, Fabián Solís contactó a Natalia dos días después de la fiesta. Su llamada fue un bienvenido respiro en la tensa espera de los resultados del ADN.
—Señorita De la Vega, soy Fabián Solís. Mi hermano Fernando no deja de hablar de su generosidad y me ha insistido en que le encargue formalmente una obra de arte. Como le mencioné, el pago no es un problema.
La voz de Fabián era más tranquila y mesurada que la de su hermano, pero compartía la misma calidez subyacente. Natalia, necesitada de una distracción, aceptó.
—Señor Solís, de verdad que no es necesario. Fue un placer ayudar a su hermano. Le prepararé un boceto sin ningún compromiso.
—Insisto en compensarla —replicó Fabián suavemente—. Pero si rechaza un pago, ¿quizás aceptaría una invitación a almorzar? Me encantaría discutir el tipo de obra y, francamente, conocer a la persona que ha dejado a mi hermano tan impresionado.
Se reunieron en un discreto restaurante en Polanco, un lugar donde las conversaciones importantes se mantenían en voz baja entre platos de alta cocina. Fabián era un anfitrión encantador, llevando la conversación con una inteligencia aguda y una curiosidad genuina. No era la adulación vacía a la que Natalia se estaba acostumbrando, sino un interés real en su perspectiva sobre el arte y la vida.
Mientras hablaban, Fabián la observaba. No de forma indiscreta, sino con una atención concentrada que la hizo sentirse extrañamente visible. Había algo en su forma de gesticular al hablar, en la manera en que inclinaba la cabeza al escuchar, que le provocaba una extraña sensación de déjà vu.

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