Las palabras de su padre fueron un catalizador. Un torrente de recuerdos, antes inconexos y confusos, ahora se alineaban, formando una imagen clara y coherente. Aurora cerró los ojos y vio el rostro de su "maestra", Silvia.
Vio la rigurosa disciplina de sus lecciones de arte, que ahora entendía no solo como una formación artística, sino como un entrenamiento de la mente y el espíritu, una herencia de su clan. Recordó las largas caminatas por las montañas, que no eran simples paseos, sino lecciones de supervivencia, de cómo leer el terreno, de cómo moverse sin hacer ruido. La insistencia de Silvia en la discreción, en no revelar nunca sus nombres completos, en no dejar rastro... no era paranoia, era protección.
—Ella me hablaba a veces de una "tierra de hielo y honor" —compartió Aurora con su nueva familia, su voz temblorosa por la emoción del descubrimiento—. Pensé que eran cuentos de hadas. Me enseñó a defenderme. Decía que una mujer debía ser su propia fortaleza.
Fabián asintió, con los ojos brillantes.
—Es el credo del Clan del Lobo.
—Y me llamaba... a veces, cuando creía que no la oía, me llamaba "mi Aurora" —continuó, y al decir el nombre en voz alta, sintió cómo se asentaba en su alma, como si siempre hubiera estado allí, esperando—. Nunca entendí por qué.
Fernando le apretó la mano con más fuerza.

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