Isabela ni siquiera tuvo tiempo de leer los comentarios debajo de las publicaciones; alguien ya había compartido los enlaces en el grupo de las señoritas de la alta sociedad.
En un instante, el grupo explotó y todos empezaron a etiquetarla.
Los comentarios se sucedían sin cesar.
Isabela, incluso a través de la pantalla, podía imaginar las expresiones de burla y desdén de sus amigos, compañeros de clase y conocidos.
Ahora todo el mundo sabía que ella era una impostora y que Natalia era la verdadera heredera.
Era ella la que tenía un origen humilde, la que llevaba en sus venas la sangre de gente pobre.
El corazón de Isabela se hundió en un abismo de vergüenza y ansiedad.
Apretó las manos con fuerza, y en sus ojos, llenos de lágrimas, ardía un odio inmenso.
Natalia, ¿por qué demonios has vuelto?
¿Por qué no te mueres?
Todo era por su culpa, por culpa de Natalia. Si Natalia estuviera muerta, nada de esto habría pasado, y ella no se sentiría tan humillada.
—¡Natalia! —gritó Isabela, con los ojos enrojecidos. Corrió a la puerta de la habitación de Natalia y la aporreó con fuerza.
Los golpes en la puerta se mezclaron con el zumbido insistente del teléfono.
Natalia abrió los ojos y miró el teléfono que tenía sobre la mesa.
En la pantalla parpadeaba un número de doce dígitos.
—¡Natalia, sal!
Afuera se oían los sollozos de Isabela.
—¿Por qué me haces esto? ¡Ya te he cedido la habitación, ¿qué más quieres?!
Natalia frunció el ceño. Ignoró los gritos de Isabela y contestó al teléfono.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renací para Destruirlos: De Heredera Asesinada a Pesadilla de mi Familia