El día que Wendy Ledesma murió coincidió con una noche de celebraciones, cuando el cielo ardía en fuegos artificiales y el aire helado parecía burlarse de su destino.
Ese mismo día, la secuestraron junto a Camelia Serrano, la amante de su esposo.
Sus cuatro hermanos y su esposo eligieron salvar a Camelia.
A ella, en cambio, la empujó desde lo alto de un edificio el hombre que más amaba, matándola junto con el hijo que llevaba en el vientre.
Cuando su alma se desprendió del cuerpo y vio la masacre en que la habían convertido, sonrió. La misma familia a la que había dedicado su vida a proteger, deseaba su muerte.
El primer día de su cautiverio, para salvar a Camelia, su hermano Salvador Serrano permitió que los secuestradores le desfiguraran el rostro.
El segundo día, otro de sus hermanos dejó que le rompieran las manos para que Camelia pudiera vivir.
El tercer día, su hermano dejó que le inyectaran el veneno más doloroso para que Camelia continuara con vida.
El cuarto día, uno de sus hermanos permitió que le quebraran las piernas, todo para que Camelia sobreviviera.
Justo cuando el dolor era insoportable, ellos llegaron. Y el hombre al que más amaba, para salvar a Camelia, la empujó al vacío.
Murió hecha pedazos, pero sintió un profundo alivio. Por fin era libre.
Sin embargo, su alma no pudo marcharse. Vagó durante décadas entre sus seres queridos, presenciando el destino de cada uno de ellos.
No fue hasta el día en que murió Bruno Ojeda que encontró la paz. Por fin podía irse tranquila.
Su alma había estado errante por décadas, sin poder reencarnar, y nunca supo por qué.
Quería explorar otros lugares. Con la muerte de Bruno, el rencor en su corazón se había disipado.
Wendy le dio un último vistazo a la foto de Bruno y caminó hacia la puerta de la mansión sin el menor asomo de nostalgia.
Justo al llegar a la entrada, una luz blanca la deslumbró. Sintió una punzada de alegría; Bruno había sido la atadura de su alma y ahora, finalmente, podía liberarse.
Pero, al segundo siguiente, una fuerza la arrastró de vuelta.
—¡Ah! —gritó Wendy.
Intentó aferrarse a algo, pero no encontró nada.
—Wendy, deja de hacerte la muerta y levántate. ¿Cómo te atreves a usar una trampa tan ruin como un secuestro en contra de Camelia? De verdad que estás buscando acabar mal —resonó una voz gélida sobre su cabeza.
Wendy abrió los ojos de golpe y miró, desconcertada, al hombre apuesto que tenía enfrente.
«Bruno, ¿qué hace él aquí?».

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