—¡Isabella! —. Una voz llena de dolor y enojo resonó en el bosque. Un rayo negro se disparó sin rumbo a través de los árboles. Pero sólo el eco le respondió, devolviendo su propia desesperación en el vasto y cruel silencio.
Ethan, uno de los Alfas más poderosos, quedó completamente devastado por la pérdida de su luna, Isabella. Ya no estaba ahí, o no estaban. Su destinada luna, una loba tan pura y hermosa, su presencia es lo único que podía detener la oscuridad de su lobo. Pero Isabella ya no estaba allí, se había ido con su hijo, su hijo que nunca nacería, se lo llevaron en un brutal accidente aéreo, dejándolo solo y vacío.
Las lágrimas luchaban por salir de sus cuencas, pero él no se lo permitía. En su pecho, el lobo rugía, arañando las paredes de su mente, exigiendo liberarse, exigiendo sangre.
Ethan cerró los ojos, pero el pasado lo asaltó como una tormenta. Recordó aquella noche de luna nueva, la más oscura que había vivido.
Como furia lo había tomado por completo. Sin Isabella para calmarlo, su lobo había asumido el control, llevándolo más allá de los límites del bosque, hasta una carretera solitaria. Todo estaba envuelto en una neblina de ira y confusión, pero los fragmentos eran lo suficientemente claros como para mantenerlo despierto cada noche.
Había sido una noche de caza. No una caza de presa, sino algo peor, algo prohibido.
En su rabia descontrolada, había visto a la mujer. Una mujer humana, sola en la carretera.
Su corazón palpitaba aceleradamente con la imagen borrosa de su rostro, de sus ojos grandes y aterrorizados, de su respiración entrecortada. Y el pánico que emanaba de ella alimentaba a su lobo, lo incitaba, y lo enloquecía aún más.
—¡No! — había querido gritar en ese momento, pero ya era demasiado tarde. La bestia dentro de él había tomado las riendas, ignorando su lado humano.
La culpa lo carcomía como un veneno lento, desgarrándolo desde dentro. Se puso de pie tambaleándose, respirando con dificultad.
Su lobo seguía rugiendo en su interior, hambriento, insaciable. Quería más.
—No. No más—murmuró Ethan, apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Pero incluso mientras lo decía, sabía que no podía prometerse eso. La bestia seguía ahí, siempre acechando, siempre esperando la oportunidad de desatarse de nuevo. Y la ausencia de Isabella, la única que había podido calmarlo, lo condenaba a una vida de lucha constante, una batalla que ya sabía perdida.
—Jamás permitiré que otra mujer tome el lugar que Isabella tuvo en mi vida y en mi corazón— juró.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rescatame mi Alfa. Soy tu segunda Luna