En ese momento, un hombre apareció de repente en la entrada de las escaleras y Emilio notó claramente cómo el cuerpo de Vanessa tembló.
Emilio se interpuso entre Vanessa y el hombre, pero no sirvió de nada, ya que ambos no podían verlo.
El hombre miró a Vanessa con una sonrisa burlona en el rostro: —Pensé que estabas muerta. Bueno, ya que no lo estás, ve a ganar dinero —dijo antes de irse.
Al escuchar el sonido de la puerta al cerrarse, Vane se levantó rápidamente del suelo.
Pero apenas lo hizo, cayó nuevamente con fuerza. Emilio intentó ayudarla, pero su mano solo atravesó el cuerpo de ella.
No pudo hacer más que observar mientras las medias de Vane se teñían de sangre.
Sentada en las escaleras, con el rostro arrugado por el dolor, Vane se armó de valor para sacar los pedazos de vidrio incrustados en su piel.
Después de eso, cojeando, fue al piso de arriba para bajar una bolsa llena de botellas de plástico y cartones.
Abajo, todo estaba cubierto por una capa blanca, los árboles envueltos en nieve.
El suelo estaba lleno de basura y lodo mezclado con agua de nieve derretida, un desastre que hacía imposible caminar sin ensuciarse, al menos desde la perspectiva de Emilio.
—Qué frío —dijo Vanessa, encogiéndose de inmediato al salir.
La piel delicada de la niña pronto se volvió roja por el frío.
A pesar de eso, Vane caminó enfrentando el viento helado hasta el centro de reciclaje.
—¡Maldita sea! Con este frío y ese desgraciado te manda a salir —murmuró el dueño del centro de reciclaje al ver a Vanessa llegar, tomando las cosas de sus manos.
—Sí, señor. ¿Puede pesarlas, por favor? —respondió Vane, sonriendo como un pequeño ángel, sin quejarse.
—Claro, Vane, ven conmigo —dijo el hombre, enternecido, maldiciendo internamente al hombre que la había enviado.
Dentro, pesó las cosas. Originalmente, solo valían quince pesos, pero viendo lo apenada que estaba la niña, el dueño le dio varias billetes de diez pesos extra.

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