—Vanessa, ya despertaste —al ver que Vanessa había abierto los ojos, David no pudo ocultar la alegría en su cara.
—¿Tú quién eres? —preguntó Vanessa, mirando con curiosidad ese rostro desconocido frente a ella.
Al escucharla hablar, David se animó aún más y contestó:
—Soy el hijo del señor que hoy estaba en silla de ruedas, puedes llamarme David.
¿Silla de ruedas?
En ese instante, a Vanessa le vinieron de golpe los recuerdos de lo que había pasado poco antes. Parecía que ese hombre había sido quien la rescató. Movió los ojos, observó a David y le regaló una sonrisa dulce:
—David, dime, ¿dónde estoy ahora?
Vanessa creía que en ese momento su aspecto debía ser el de una niña inocente y desamparada, capaz de despertar la compasión de cualquiera. Sin embargo, no se daba cuenta de que seguía luciendo igual que cuando la recogieron de la calle: la cara manchada, sucia de pies a cabeza, con la ropa hecha un desastre, el vivo retrato de una pequeña pidiendo limosna.
Aun así, David no mostró ni pizca de fastidio. Al contrario, le respondió con total seriedad:
—Resulta que estabas muy lastimada. Ahora estamos en el hospital.
Ver que él no la miraba con desprecio convenció a Vanessa de que su pose de desvalida estaba dando resultado. Así que insistió:
—David, ¿y tu papá? ¿Dónde está ahora?
David ni lo pensó:
—Fue con el doctor para que le revisaran la pierna. Dijo que después vendría a verte.
Vanessa asintió y guardó silencio.
Pasaron unos minutos. David, curioso, preguntó:
—Vanessa, ¿y tu familia? ¿Por qué estás sola aquí?
—No tengo familia —respondió ella, bajando la mirada, con los ojos enrojecidos al recordar a Alejandro Sánchez, tan lejos en su país natal. Por dentro, seguía en guardia.
David, al oír eso, sintió algo de tristeza pero también una alegría inesperada. Le propuso con entusiasmo:

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