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Rosas Renacidas con Espinas romance Capítulo 235

Vanessa no recordaba en absoluto lo que le había pasado. Emilio, temeroso de alterarla, evitó mencionarlo y, al escuchar que ella le preguntaba, cambió rápidamente de tema.

—Vane, seguro tienes un hambre tremenda. Tu papá mandó a comprar la sopa que siempre pides. Toma, prueba un poco, ¿sí?

Mientras hablaba, Emilio, siempre atento, acomodó la mesita junto a la cama y fue colocando cada platillo frente a ella: la sopa, un poco de pan y hasta unas galletas.

Cuando terminó de arreglar todo, Emilio pidió amablemente a todos que salieran de la habitación. Uno a uno, los familiares abandonaron el cuarto, y Emilio fue el último en salir, cerrando la puerta con delicadeza.

Afuera, toda la familia Leyva lo miró con expresión grave. Emilio bajó la voz y, dirigiéndose a Thiago, preguntó en un susurro:

—¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué Vane no se acuerda de nada?

Thiago soltó un largo suspiro, resignado.

—La situación de Vane está mucho peor que antes. Cada vez que pierde el control de sus emociones, termina haciéndose daño. Y después... después olvida por completo lo que hizo.

El semblante de Thiago se ensombreció aún más mientras hablaba.

—Al principio, Vane no se lastimaba tan grave, pero su enfermedad ha avanzado mucho. Ahora cada vez se hiere con más fuerza. Y, como ni siquiera recuerda esos momentos, en cualquier instante podría estar en peligro de muerte.

Thiago los miró con seriedad y les advirtió:

—La situación de Vane es muy delicada. Tienen que estar atentos todo el tiempo a sus emociones. No la dejen sola, por favor.

...

Mientras tanto, dentro de la habitación, Vanessa no tocó la comida de inmediato. Sentada en silencio, levantó su mano izquierda y empezó a quitar, una a una, las capas de la venda que cubría su muñeca.

La herida, una línea profunda y roja, quedó expuesta al aire frío. No era la primera vez que se hacía daño, pero esta vez la cortada se veía peor que nunca.

Vanessa observó su muñeca, apretando los labios, sin mostrar ninguna emoción en el rostro. Aquella herida tan profunda le dejó claro que, si seguía así, un día de estos podría terminar matándose sin querer.

Se quedó mirando el corte, y de repente soltó una risa amarga.

—Qué monstruo...

Eso era, un monstruo de pies a cabeza.

En su mente, se repetía con desprecio: No es de extrañar que nadie me quiera. ¿Quién podría amar a alguien que puede matarse en cualquier momento?

Pero antes de acabar consigo misma, pensó, se aseguraría de arrastrar al infierno a quienes la habían herido. No dejaría que ninguno se escapara.

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