Isabella se cruzó de brazos y se sentó en el sofá. A diferencia de su habitual dulzura y actitud sumisa, en ese momento sus ojos ya no reflejaban el cuidado de siempre cuando estaba frente a Alejandro. Su voz era tajante, dura, y las palabras cortaban como cuchillos, llenas de veneno.
Alejandro la miró atónito, como si no reconociera a la mujer con la que había compartido más de diez años de su vida. Sus ojos perdieron brillo y, al cabo de un largo silencio, solo pudo asentir, resignado.
—Está bien.
Era su esposa de tantos años, pero justo cuando ella mencionó el divorcio, más allá de cierta sorpresa, Alejandro ya no mostró ninguna emoción extra.
Isabella no esperaba que él aceptara tan fácil. Sintió que se le quitaba un peso de encima y, aprovechando el momento, continuó:
—Ya que estás de acuerdo, la casa te la dejo, pero el resto de las propiedades y las cuentas bancarias son para mí.
—Hecho —respondió Alejandro sin mostrar resistencia. Luego, volvió la mirada hacia Celeste y añadió—: Solo tengo una condición, Celeste se queda conmigo.
Celeste era su hija biológica. Alejandro jamás estaría dispuesto a dejarla ir.
No había terminado de hablar cuando, al mismo tiempo, Isabella y Celeste respondieron:
—No puede ser —exclamaron a la vez, con un toque de pánico en la voz.
—Alejandro, ¿no te basta con lo mal que estás ahora? ¿Todavía quieres llevarte a tu hija para que sufra contigo? ¿De verdad tienes corazón? —le soltó Isabella, firme y sin titubear—. Soy la mamá de Celeste, ella se queda conmigo.
Alejandro ignoró sus palabras y fijó la mirada en Celeste, que estaba justo detrás de su madre.
—Celeste, ven con papá, ¿sí? —le pidió, casi suplicando.
Acababa de perder a su papá. Ahora solo le quedaba Celeste, su única hija. Si la perdía, no le quedaría nada. De niño, Alejandro había perdido a su mamá y la relación con su papá siempre fue tensa, llena de silencios y hielo. Casi nunca había sentido el calor de una familia. Celeste era su único lazo en el mundo y no soportaba la idea de quedarse solo.

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