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Rosas Renacidas con Espinas romance Capítulo 297

Esa tarde, mientras los demás alternaban entre entrenar y descansar, Vanessa parecía vivir en un mundo aparte: si no estaba siendo castigada, iba de camino a recibir otro castigo.

Por más resistencia física que tuviera, ningún cuerpo aguanta una tarde completa de entrenamiento intenso, y mucho menos sin un solo respiro. Mientras sus compañeros aprovechaban los descansos, ella solo podía resignarse a aceptar una sanción tras otra.

A las cinco y media, Vanessa regresó al dormitorio arrastrando los pies, agotada hasta los huesos. Ni siquiera el hambre la tentó; se dejó caer en la cama y en un parpadeo, el sueño la venció.

Nayeli y las demás, al verla así, sintieron un nudo en la garganta. Le llevaron algo de comer desde el comedor, pero al abrir la puerta y encontrarse con la escena, solo pudieron mirarla con preocupación. Nadie se atrevió a interrumpir su descanso.

Nayeli depositó la comida en la mesa con sumo cuidado y, en voz baja, le susurró a sus amigas:

—Mejor dejemos que Vane descanse un rato. Hoy la traen de arriba para abajo… Y todavía más tarde tenemos que ir al llamado de canto. Quién sabe con qué va a salir ese desgraciado de Ezequías ahora, seguro vuelve a molestar a Vane.

El enojo de Nayeli era evidente. Tras su comentario, todas se acomodaron en silencio, se pusieron los audífonos y se perdieron en sus celulares, intentando no hacer ruido.

El tiempo pasó volando y, cuando vieron que ya era hora, despertaron a Vanessa con suavidad.

Después de ese breve descanso, Vanessa recuperó buena parte de su energía. Su expresión ya no mostraba el cansancio de antes; hasta parecía sonreír de alivio.

Al llegar al campo, la actividad de canto militar ya había comenzado. Cada equipo coreaba con fuerza, intentando superar a los demás.

Nayeli y su grupo, temerosas de que Ezequías pusiera el ojo en Vanessa, buscaron el rincón más alejado de él. Se sentaron juntas en fila, como si pudieran protegerla entre ellas.

Pero ni así lograron pasar desapercibidas. Apenas entraron, Ezequías clavó su mirada en Vanessa.

Arrugó la frente y, de repente, interrumpió al compañero que lideraba el canto.

El párpado derecho de Vanessa comenzó a temblar. Sintió un presentimiento oscuro, como si una nube pesada se posara sobre ella.

Y no se equivocó. Un instante después, la voz de Ezequías la sacudió:

—Vanessa, tu rendimiento físico es el mejor del grupo, y yo confío en que tu talento para el canto está a la altura. Así que ahora nos vas a cantar tú el himno de la fuerza.

—La verdad, prefiero no hacerlo. Me duele la garganta —replicó Vanessa, frunciendo el ceño. Ya sospechaba que Ezequías había investigado su mayor debilidad.

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