Hace mes y medio, Héctor había revisado cada rincón de su casa hasta encontrar ese enorme montón de ejercicios y apuntes.
Al abrirlos, no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas.
Reconocía la letra de Vanessa. Sabía que esos cuadernos y hojas apilados hasta medio metro de altura estaban escritos por ella, cada palabra trazada con paciencia. Vanessa incluso había marcado los puntos más importantes, los ejercicios más difíciles y los errores más comunes, todo para que él pudiera entenderlo.
Después de eso, Héctor se encerró solo en su cuarto y lloró hasta dejar los ojos hinchados. Con mucho cuidado limpió los apuntes, los acomodó en su escritorio y los dejó listos, como un tesoro.
Durante ese mes y medio, salvo por la única comida diaria, se la pasaba encerrado, resolviendo ejercicios y repasando cada nota de Vanessa.
Cuando llegó el momento, Héctor presentó el examen de ingreso en el Colegio Nueva Alameda. Gracias a los apuntes de Vanessa, aprobó.
Pero no fue. Sentía que no lo merecía.
...
Ahora, Héctor estaba tirado en el suelo, sin moverse. David, al verlo, hizo un gesto y ordenó a los demás que se detuvieran.
El privado olía a sangre, un aroma pesado que daba náuseas. David miró a su hermana y le habló con voz suave:
—Este lugar ya me dio mala vibra, Vane, mejor vamos a otro lado.
—Bueno —respondió Vanessa con una sonrisa dulce.
Se levantó y fue directo a la puerta.
Justo al llegar al umbral, sintió cómo alguien le sujetaba el pantalón con desesperación.
Vanessa bajó la mirada, sin mostrar emoción. Vio una mancha de sangre en su pantalón y arrugó la frente, mostrando puro fastidio:
—¡Qué asco! Son nuevos y ya me los mancharon.
Héctor se quedó paralizado, y su mano perdió toda fuerza.
En cuanto sintió que la soltaban, Vanessa esbozó una sonrisa y salió sin mirar atrás.
David, en cambio, no se apresuró a irse.
Esperó a que Vanessa saliera, luego se agachó frente a Héctor, disfrutando de su aspecto derrotado.

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