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Rosas Renacidas con Espinas romance Capítulo 352

El jefe, resignado, solo pudo decir la verdad:

—Es que la hija de Maximiliano, el rico de Santa Rosa del Valle, ¿sabes? Se llama Celeste. Esa muchacha estudia en la escuela que está justo al lado de nuestra piscina. En sus ratos libres siempre viene a nadar unas vueltas. Ese día te vio y después vino a buscarme en privado, me pidió que te despidiera con cualquier pretexto. Si no lo hacía, dijo que no me dejaría seguir trabajando en Santa Rosa del Valle.

—¿Celeste? —Diego interrumpió de pronto.

Los ojos del jefe brillaron y asintió rápido.

—Sí, sí, justo, se llama Celeste.

Miró a Diego y soltó una sonrisa amarga.

—Diego, de verdad que no es que no quisiera retenerte, pero la hija de Maximiliano es demasiado mandona. Me amenazó con dejarme en la calle si no te corría. Yo tengo una familia, hermano, no me quedó de otra.

—Lo entiendo —Diego asintió, cabizbajo, como si le acabaran de quitar el alma.

En ese momento le costaba trabajo reconciliar a la Celeste arrogante de la que hablaba el jefe, con la hermana dulce y obediente que él recordaba.

Según sus recuerdos, Celeste siempre había sido buena persona. No lograba comprender cómo es que ahora se había vuelto así.

Al salir de la piscina, Diego no volvió directo a casa, sino que se quedó esperando afuera de la Facultad de Artes de la Universidad Santa Rosa del Valle.

Hoy tenía que aclarar esto, sí o sí. Necesitaba saber por qué Celeste le estaba haciendo eso.

Él era su hermano, desde niños siempre la había protegido, se desvivía por ella.

...

Al caer la noche, Celeste salió de la universidad con un grupo de amigos, lista para irse de fiesta. Justo al llegar a la puerta de la facultad, se topó con Diego esperándola.

En cuanto la vio, Diego le gritó:

—¡Celeste!

De inmediato, Celeste y su grupo se detuvieron.

Algunos de sus amigos reconocieron a Diego, y uno fue directo a agarrarlo del cuello de la camisa.

—¿Otra vez tú, carajo?

Diego apenas acababa de perder su trabajo y no estaba de humor para soportar tonterías. Con fuerza, apartó la mano que lo sostenía y contestó con voz cortante:

—Quítate.

El tipo, furioso, se puso agresivo.

—¿Así te pones? Ahora sí vas a ver, te voy a poner en tu lugar.

En ese momento, Celeste se acercó.

Miró a sus amigos y los calmó:

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