Todo lo que Reynaldo vive ahora es una mentira: su escuela, su trabajo, todo lo que hace es falso. Está atrapado en una época que ya quedó atrás, justo cuando su mamá acababa de enfermar. En ese entonces, Reynaldo apenas y sobrevivía; estudiaba en las mañanas y trabajaba en las tardes, buscando cualquier forma de conseguir dinero para pagar el tratamiento de su mamá.
Vanessa recordaba que Reynaldo le había contado alguna vez sobre la enfermedad de su madre. Al escuchar a César mencionar el tema de nuevo, no pudo evitar preguntar:
—¿Y su mamá? ¿Ella está bien ahora?
César apretó los labios, como si esas palabras le clavaran una espina en el corazón. Pasaron varios segundos antes de que pudiera responder, con una voz que apenas salía:
—Falleció. Pero Reynaldo todavía no lo sabe. Por favor, te pido que no se lo digas.
Vanessa asintió con la cabeza, comprendiendo el peso de la petición.
Después de un rato, fue ella quien rompió el silencio:
—Entonces... el Reynaldo que vi en la fiesta la última vez, ¿ese es el “verdadero” Reynaldo, su personalidad principal? —Si César había venido a buscarla hoy, seguramente ya estaba al tanto de lo que pasó en aquella reunión.
—Así es —afirmó César, sin rodeos.
Vanessa se quedó pensando, atando cabos, y luego soltó una media sonrisa, entre divertida y resignada:
—Me imagino que no quieres que le diga la verdad porque temes que su segunda personalidad se desmorone y, en un ataque de desesperación, termine apoderándose por completo del cuerpo de Reynaldo, reemplazando al original.
—¿Cómo supiste eso? —César se quedó pasmado. Miró a Vanessa como si acabara de ver un fantasma.
Ella no le respondió, simplemente siguió hablando:
—Así que, en pocas palabras, quieres proteger a la personalidad principal.
—O podríamos decir que lo que buscas es destruir a la segunda personalidad —añadió, con calma.
—Sí —César ya no sonreía. No negó ni una sola palabra.
—Reynaldo se esforzó muchísimo para salir del pasado y construir lo que tiene ahora. No puede tirar todo por la borda.
—Señorita Leyva, si prometes no decirle nada a Reynaldo, puedo ofrecerte otros dos mil millones de pesos —César entrecerró los ojos; ya no podía leer las intenciones de Vanessa, así que solo le quedó subir la oferta.

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