Esto hizo que la ya tambaleante reputación de Martín como joven adinerado de la alta sociedad de la capital se viniera abajo por completo.
Seguro fue a propósito. Esa mocosa, tenía que haberlo hecho a propósito.
El sentimiento de humillación lo invadió como una ola. Los ojos de Martín se pusieron rojos de rabia; de un momento a otro, perdió el control y descargó toda su furia sobre el teclado.
—¡Pum!— retumbó el golpe.
—Sr. Martín —el presentador se estremeció de miedo, retrocediendo varios pasos, encogido como si quisiera volverse invisible.
Recordando de pronto quién era Martín, el presentador se obligó a regresar, y con sumo cuidado, fue tras bambalinas a traer otro teclado.
Con voz suave y tratando de no empeorar las cosas, dijo:
—Sr. Martín, sé que perder así debe doler mucho, por eso entiendo que esté molesto.
—¿Qué dices? ¿Quién perdió feo aquí? —Martín, que apenas y se había calmado, se levantó de golpe y le apuntó con el dedo, con una mirada que podía partir una roca.
El presentador se quedó pasmado, sin entender en qué momento había metido la pata.
Titubeando, dejó el teclado nuevo junto a Martín y le sonrió de la manera más servil que pudo:
—Sr. Martín, mire, este teclado ya quedó inservible. Le traigo uno nuevo, este es caro, resistente, seguro que le ayuda a sacar todo el coraje por ese trago amargo.
Martín solo pudo quedarse en blanco. —... ¿Trago amargo? Este cuate nomás viene a echarle limón a la herida...
Martín ya estaba furioso, pero con el presentador echándole leña al fuego, su ira subió otro nivel.
—Ja, ja, ja— se escuchó de repente.
Vanessa y los demás no aguantaron la risa cuando oyeron al presentador.
David hasta tenía los ojos llenos de lágrimas de tanto reír.
...
Llegó el momento de la premiación. El presentador entregó el trofeo de campeones mundiales al equipo de Vanessa.
Alzó la voz con entusiasmo:

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