Después de que Vanessa se fue, Ezequías sintió una molestia difícil de ignorar en el pecho.
Sin embargo, al recordar que Sofía seguía internada, no tuvo más remedio que acompañar a Martín al hospital.
En ese momento, Sofía yacía en la cama, pálida como una sábana, los labios tan descoloridos que parecía que la vida se le escurría entre los dedos. Ver a su hermana, con la que había crecido desde niños, tan débil y casi sin fuerzas, le provocó una punzada de culpa.
Se acercó a la cama y, haciendo un esfuerzo por sonar sincero, se disculpó:
—Perdóname, Sofía. Vengo a pedirte disculpas, también en nombre de Vane.
Sofía fingió mostrarse comprensiva, esbozando una sonrisa débil:
—No hay problema, Ezequías. No tienes por qué disculparte conmigo, y sé que Vane tampoco lo hizo con mala intención. Yo no le guardo rencor.
Martín, incapaz de soportar la conversación, soltó con un tono cortante:
—¿Y cómo que no le guardas rencor? Fue esa mujer la que te mandó al hospital. Si no fuera por ella, no estarías pasando por esto. Si me preguntas a mí, debería venir de rodillas a pedirte perdón.
—Ya cállate, no digas más—interrumpió Ezequías, arrugando el entrecejo. Sabía que Vanessa se había equivocado, pero las palabras de Martín resultaban demasiado agresivas.
—¿Todavía la defiendes? Ezequías, ¿te acuerdas que la que está lastimada es tu hermana de toda la vida? ¿No te da vergüenza defender frente a Sofía a la persona que le hizo esto? ¿No piensas que así solo la lastimas más?
Martín no pudo contenerse, y sin decir una palabra más, tomó a Ezequías de la camisa y le soltó un puñetazo directo al rostro.
Marcelo, harto del escándalo, se llevó una mano a la frente y gritó:
—¡Ya, basta! Dejen de pelearse.
Luego, con el rostro tenso y la voz casi temblorosa, anunció:
—No hay suficiente sangre en el banco. Usen todos los contactos de la familia para conseguir sangre RH negativa. Tenemos dos horas para traerla.
La urgencia en el tono de Marcelo hizo que tanto Ezequías como Martín se detuvieran en seco y, sin perder tiempo, empezaran a llamar a sus familiares para buscar donantes de ese tipo de sangre.
En ese instante, Celeste apareció por la puerta, cargando una bolsa de frutas.
—Sofía, ya llegué.
Al verla, Sofía dibujó una sonrisa apenas perceptible y la llamó con debilidad:

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