—Ábrelo y veamos qué es —dijo Isabella, tomando el paquete de las manos de Maximiliano. Buscó el cuchillo para abrir cajas y, poco a poco, fue cortando el empaque del paquete.
Al ver que lo primero que apareció fue un sobre, Isabella sintió un suspiro de alivio y por fin pudo relajarse.
Metió la mano dentro de la caja, justo cuando estaba a punto de sacar el sobre, su expresión cambió por completo.
—¡Aaah! —gritó, y lanzó el paquete lejos, como si quemara.
—¿Qué pasó? —preguntó Maximiliano de inmediato al notar el susto en su rostro.
Isabella temblaba, las manos le vibraban tanto que apenas podía hablar, la voz se le quebraba de puro miedo.
—Yo... toqué algo blandito y estaba caliente... y además, ¡se movía! Eso... eso está vivo...
Maximiliano entonces notó que Isabella tenía manchas de sangre en la mano y preguntó:
—Te lastimaste, ¿estás sangrando?
—No, no es mi sangre... es de eso que está ahí adentro —Isabella no podía dejar de temblar. Solo de recordar la sensación, un escalofrío le recorría el cuerpo.
Maximiliano miró el paquete tirado a unos metros de ellos, su mirada se puso seria y, con mucho cuidado, se acercó para recogerlo.
Al mirar el interior del paquete, el corazón le dio un vuelco.
Tragó saliva y soltó:
—Es una rata... alguien le atravesó el cuerpo con un cuchillo, pero ni siquiera está muerta del todo...
—¡Maldita sea! Qué asco... —Isabella apenas pudo terminar la frase; solo de pensar que acababa de tocar una rata medio muerta, sintió que el estómago se le revolvía.
Corrió directo al baño y se agachó frente al inodoro, vomitando sin parar. Cuando por fin salió, parecía una sombra de sí misma; le faltaban fuerzas hasta para sostenerse.
Se dejó caer en el sillón y murmuró, deshecha:

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